Fragmento del libro LEPRA
LEPRA
Era un arroyo de cristal y música del campo serpenteando en el fondo de la
profunda quebrada entre montañas; agua corriente que al paso lento de los siglos
formó aquel pedregoso cauce en la tierra dividiendo en dos la serranía como si
una mano gigante hubiese separado la tierra para dejar pasar el diamantino
caudal tan suave y susurrante en los meses de sequía como rugiente e impetuoso
en tiempo de lluvia que baja transformado en un torrente avasallador empujando
con infinita violencia lo que encuentra a su paso acompañado por el susurro
constante que hace el viento al pasar entre el oscuro y fresco mar de pinos de
la sierra misteriosa. El agua es de un color verde-azul cristalino que refleja
el cielo, la blancura del nimbus y el cúmulo; en el constante y descendente
movimiento hay una rutinaria belleza que subyuga y ordena el pensamiento porque
se detiene en los recodos donde el terreno es más profundo formando levísimos
remolinos que nos despiertan la fantasía, remansos de poesía y sombra fría,
sitios sombríos donde medran perezosos, muchos insectos y preciosas telarañas
plateadas que se mecen con la brisa hasta rozar levemente la superficie del agua
como un fugaz y tierno beso entre la maraña de bejucos y plantas colgantes que
al inclinarse continuamente, levantan gotas cual semillas de nube y frescura que
el viento como niño travieso las deja caer de nuevo en la corriente para seguir
su incesante camino hacia lugares bajos. Me imaginaba que seres invisibles del
bosque jugaban caprichosamente con el arroyo en estas recónditas quietudes del
mundo, y la mente, divagando así, reposaba de las incesantes luchas por la
conquista de un mejor lugar, una oportunidad, una vida mejor.
Al detener el paso y quedarse uno quieto, es frecuente ver las ardillas que
bajan nerviosas de los árboles, saltando por doquier, irguiéndose sobre las
patas traseras doblando sobre el pecho las patas delanteras, olisqueando el aire
en todas direcciones y se van corriendo entre los enormes peñascos que
sobresalen en las riberas del río disputándose talvez alguna bellota,
adiestrándose en la lucha o cortejando a la hembra que responde al coqueteo
saltando con rapidísimos movimientos emitiendo fuertes chillidos levantando y
sacudiendo en espasmos su primorosa cola para llamar la atención del macho.
Maravilloso espectáculo el de estos animalitos que al percatarse de mi presencia
suben veloces a las altas ramas de los pinos donde se esconden temerosas como
cuando presienten el peligro del zorro de hermosa cola rojinegra que pasa como
rauda flecha tras de alguna presa. Si oyen el chillido lejano de un gavilán; se
detienen, miran al cielo y movidas por el instinto, se protegen perdiéndose en
la espesura, en las hendiduras de las piedras o en los nidos desordenados que
fabrican en la tupida ramazón de lo alto.
En una ocasión que pasaba por los solitarios caminos de la sierra vi una parvada
de pavos silvestres caer ruidosamente en copas de los árboles y bajar cautelosos
para beber agua o comer las abundantes semillas que hay en el suelo mientras su
líder, un animal grande, de poderoso pecho cubierto de negro tornasolado plumaje
del que sobresale un mechón de cerdas negras, inhiesto entre las plumas como
símbolo de supremacía; sube a una roca y alarga el cuello repetidas veces,
alerta, mirando a todos lados, atento al menor ruido que le indicara peligro y
alzar el vuelo de inmediato o correr buscando la protección del matorral. Estas
hermosas aves son muy inquietas y fuertes ya que en estos bosques abunda el
alimento en forma de una gran variedad de semillas que son aprovechadas al
máximo por ellas. Es una maravilla verles en su hábitat, libres, seguros de si
con su continuo y típico gorgoteo meneando la cabeza rojo turquesa de bulboso y
purpúreo cuello; al contemplarles, no podemos menos que recrearnos apaciblemente
con la certeza de que es la mano del Creador tan sabia y generosa para todas las
criaturas simples que, además de mantener el equilibrio ecológico, también
embellecen los jardines naturales de la tierra.
Escondida en la base de unos cerros cubiertos de vegetación y llevado por la
húmeda vereda que bordea la ribera poniente del río está mi lugar preferido. Es
una cueva no muy profunda; dicen que fue labrada pacientemente en la pared de la
barranca por antiguos arrieros que desde tiempos remotos han bajado en pequeños
grupos siguiendo el arroyo hasta la " calle real"; en ese sitio, seguramente
tomaban un descanso antes de llegar al pueblo. La mayoría, gente sencilla y de
buen corazón, pequeños comerciantes que vienen de los caseríos enclavados en las
soleadas mesetas de arriba, de las regiones mas heladas donde se cultiva mucho
el durazno, manzana, aguacate, membrillo y donde florece esplendorosa y sincera
la amistad sin barreras. Basta hablar por un momento con estas personas para
notar con satisfacción el afecto espontáneo, la franqueza y esa alegría
contagiosa característica de quienes están en paz consigo mismos. Cuando hablo
de las regiones altas, me estoy refiriendo a muchos kilómetros hacia el norte
donde la sierra se hace tan espesa especialmente en época lluviosa, tanto así
que nos parece imposible que alguien haya puesto sus pies en esos hermosos y
umbríos terrenos, talvez solamente aquellos que viven en estos lugares habrán de
conocer estos terrenos. Por las señales dejadas en el suelo de aquella oquedad
labrada en la tierra, que, como les dije, era el sitio predilecto para pernoctar
los muleros que por años viajaron seguidos de su recua, el último descanso antes
de llegar a la " cevilización "-como dicen ellos-. Ahí se quedaban, recostados
en el escondido y tibio seno, arrimados precariamente en los peñascos, pasando
la noche para disponerse de madrugada a continuar hasta el pueblo y vender su
mercancía que generalmente son membrillos, queso, crema, aguacates y carne seca
de víbora de cascabel que, utilizan para aliviar el reumatismo, o como
afrodisíaco, también pá la convalecencia de las parturientas y hasta aseguran
que cura el cáncer. Aquel sitio estaba hecho " a la medida" para ellos, cerca
del agua, bien guarecido y como se había formado entre dos enormes bordes
verticales de piedra caliza y tierra compactada, el viento helado de la noche no
da de lleno en el cálido resguardo por lo que se duerme con cierta comodidad. Lo
único molesto, cuando uno apetece el silencio, es en cierto modo, el monótono
ruido de los grillos que buscan la quietud de la cueva para sus conciertos
nocturnos además de los murciélagos que siempre están colgados de sus patas
traseras olisqueando el ambiente como pequeños ratones con alas o lamiéndose
unos a otros. Alguien me dijo una vez que manos humanas la hicieron, pero
siempre creí que se formó de manera circunstancial al unirse las dos partes de
un enorme tajo hecho por deslaves en la ladera poniente del cerro y que al
acumularse dejaron en medio aquella tibia guarida; no es muy profunda, lo
suficiente para albergar cómodamente a unas seis o siete personas por lo que
siempre había huellas de hoguera en el suelo pese a que esta gente acostumbrada
al orden y cuidando de no dejar carbones encendidos, barren el piso con esmero
dejando el sitio limpio y acogedor para evitar los desastrosos incendios que
destruyen los hermosos bosques. Desde lejos es difícil de encontrar porque se
halla semioculta por la maleza, la colgante ramazón de los arbustos que crecen
alrededor y las grandes rocas que sobresalen a los lados como columnas sólidas
emergiendo de la orilla del río pintarrajeadas de blanco por los gavilanes y
aves rapaces nocturnas que dejan caer en ellas sus excrementos, apenas se
distingue.
Es tan agradable este paraje que desde el primer momento me identifiqué con su
reconfortante paz por lo que, en su interior, me pasaba los fines de semana,
alejado del ajetreo de entonces, cuando era aún muy joven, no preparado
suficientemente con la experiencia necesaria para hacerle frente a los graves
problemas de la vida; cuando aún no sabemos como resolver las dificultades
aparentemente insalvables que se aparecen en el camino sin tener al nuestro lado
a un padre o al buen amigo para recibir de él un oportuno y sabio consejo, las
enseñanzas que se necesitan para vencer estos óbices tan necesarios para el
desarrollo del hombre. El hecho de ir ahí con frecuencia, también era, digamos
con franqueza, una manera de huir de la realidad, una repentina y necesaria fuga,
especialmente cuando, desesperado, deseaba liberarme temporalmente de las
situaciones caóticas y tormentosas que se suceden a diario y aparentemente sin
razón en nuestra vida doméstica; era precisamente ahí, en ese hermoso
emplazamiento natural donde aquietaba mi espíritu confundido y desaparecían como
por arte de magia las agobiantes tensiones del momento.
Siempre estuve inclinado a la literatura metafísica; mi inquietud: luchar por
encontrar la razón de las cosas a partir de su esencia. El conocimiento
teosófico me enseñó sobre la relajación del cuerpo y de la mente con el objeto
de ayudar a una mejor forma de vivir y adquirir ese autocontrol que todos
necesitamos para sobrevivir con el decoro propio de seres humanos civilizados.
De tal manera que, en la quietud del boscaje, hacía los ejercicios sicofísicos
necesarios como el de permanecer por largo rato sentado sobre una roca, buscando
la máxima concentración contemplando el incesante correr del agua sin más
propósito que encontrar el camino que nos lleva al interior de nosotros mismos
donde se adquiere o se estimula el auto conocimiento, con la urgencia de una
impostergable necesidad de cambio y tener la oportunidad de ver con más claridad,
reconocer errores, corregir cuanto se pudiera; en fin, estaba seguro que aquel
plano de conciencia que perseguía con tanto empeño, sería de gran ayuda en la
solución de mis problemas; salir del estado de depresión causada por el
desinterés, la desatención y el menosprecio de la mujer que amaba, a quien
escogí para vivir y construir un hogar; y ella, quizá sin comprenderlo, me hacía
terrible daño. Otra meta que perseguía, era ayudarme a superar algo que nunca
pude, el dolor de estar tan lejos de la patria, de la familia, de las personas a
quienes debía necesariamente de servir ya que esa es la intención de todo varón
que sale de su país a educarse en el extranjero, conquistar nuevos conocimientos
para ayudar eficientemente al que sufre calamidad.
Recostado en la pared de piedra, absorto en los ruiditos de la naturaleza,
practicaba el “pranayama”, el arte de percibir energía cósmica mediante la
respiración ordenada, por decirlo de otro modo: respirar en armonía; por diez
pulsaciones del corazón, una inspiración, diez al retener el aire y otras tantas
al exhalar. Las palmas de las manos hacia arriba, descansando sobre ambos muslos
con los dedos índice y pulgar unidos por las yemas sin ejercer presión alguna
relajándose hasta donde mas se puede todo músculo de la cara, cuello tórax,
abdomen y miembros inferiores. Así, luchando por aquietar la mente, sin
argumentar, tratando de lograr la tranquilidad intelectual; que, por cierto es
bastante difícil de conseguir desde el principio puesto que cuando menos se
espera, el ejercicio se interrumpe con algún pensamiento diferente a lo que se
está haciendo, y hay que comenzar de nuevo. Esto parece fácil, pero no lo es, y
más cuando no nos hemos acostumbrado a detener o moderar ese libre y loco
accionar del pequeño y fragmentado intelecto. No obstante y para mi gran
satisfacción, en aquel sitio lo logré cuantas veces quise, es decir, estar
conmigo mismo en ese campo del auto análisis efectivo para encontrar la forma de
restaurar todo el deterioro causado por el accionar constante de la ignorancia.
Era un magnífico estado imperturbable, tanto que los animalitos pasaban sobre mi
cuerpo extático, nada me hacía perder el hilo de aquella práctica; ni los
hermosos peces en el fondo del arroyo que pasaban por mi campo visual
contoneándose y dejando ver sus dorsos plateado amarillos al ladear sus cuerpos
o las aves, que se acercaban curiosas a escasos centímetros. En varias ocasiones
estuve a punto de perder el hilo de la concentración con la cercanía de un lindo
un pájaro negro de cabeza roja que se posaba en una piedra cercana silbando con
estridencia; al principio me perturbaba, pues era sumamente hermoso y me era
agradable tenerle cerca. Inexplicablemente siempre llegaba al mismo sitio a
cantar cuando hacía mis ejercicios. Había que tomar conciencia del silencioso
momento para llegar al estado ideal requerido, donde el análisis se vuelve
efectivo y podemos ver con clarísima amplitud el fundamento, las características
de lo que nos afecta, como el accionar equivocado que impide el correcto
desarrollo de la personalidad y carácter que nos hace cometer errores
irreparables. En esta forma, en franca comunión, procedía a encontrar la
solución precisa y adecuada a los problemas que me perturbaban. Era una fuerza
poderosa impulsándome a librar esa ruda batalla interna; como una fortísima e
inevitable necesidad, siempre presionando, forzándome a tomar decisiones
importantes para mi beneficio y el de quienes me rodeaban, ¿Qué más podía hacer
sino eso?, ¿ Que otra cosa mas importante que procurarme el armamento
psicológico necesario para proseguir mi camino de servicio a la humanidad que ha
sido desde siempre mi real preocupación?
Esos instantes de plenitud era lo que buscaba con desesperación cuando los
remolinos de frenesí y locura me zarandeaban con furia en oleadas violentas
sacudiendo por completo mi vida. A veces, sentía brotar el resentimiento
naciendo por todas partes de mi ser, en cada paso que daba aparecía un retoño de
burla, rencor o engaño; venía la indecisión, y me hallaba de pronto sin saber
que hacer, desorientado, ansiando la luz de un consejo amigo, del optimismo
necesario que todo ser humano precisa para caminar erguido frente a la
dificultad, viéndole como una simpleza, una pequeñez mas. En ese tiempo, era
como si estuviese ciego, solo, inerme, cansado y adolorido de golpearme contra
los muros de una incomprensión que no podía vencer, atemorizado por la
injusticia, sin poder equilibrar o modificar la situacion, extendiendo las manos
en busca de apoyo firme sin encontrarlo; con todos mis horizontes psicológicos
confinados por la visión aún imperfecta de un hombre joven sin la adecuada
preparación y madurez, con la sensación constante de estar completamente
encerrado en un círculo vicioso sin una salida posible e inmediata; por esa
razón, buscaba la serenidad de aquellas frías soledades del monte donde me
tomaba el tiempo que necesitaba para reposar y analizar. Y es que este lugar
pleno de paz y belleza salvaje, seguramente brinda a quien lo precise, un marco
perfecto para encontrarse consigo mismo. ¡Cuanta satisfacción sentí al penetrar
en el momento ansiado después de tanto sacrificio!; ese majestuoso contacto real
con la divinidad tan distinto del falsificado por la vida dogmática equivocada
que la sociedad con sus tradiciones y costumbres conmina a llevar a cuestas
alienandonos sin compasión alguna deshumanizando cada vez más al hombre hasta
volverle casi un animal.
A veces, cuando necesitaba solamente el descanso físico y me ponía a cortar
hojas y hierba para colocarlas a modo de colchón entre dos piedras, y sobre este
una gruesa cobija de lana y me echaba tranquilamente mirando el techo de roca
granítica gris donde los insectos formaban con sus secreciones, líneas blancas y
negras serpenteantes en caprichosos dibujos que terminaban en las grietas y
esquinas de las cuales sobresalían diminutos helechos y musgo, micro vegetales
que esconden entre sus apéndices una multitud de ácaros, escarabajos, arañas y
diversas especies de artrópodos. Cerca de la entrada donde las corrientes de
agua de lluvia acumulan tierra y basura, crecían con sus hojas hacia afuera
buscando la luz solar, una gran variedad de plantas, de esas que abundan en la
sombra formando un primoroso ornato. Pasaba horas enteras leyendo o escribiendo
sin cesar arrullado por la incomparable música del viento al pasar entre las
hojas del inmenso pinar, la melodía incesante del arroyo al deslizarse entre el
pedregal; o, de vez en cuando el rechinido potente de las ramas del encino al
moverse una sobre la otra. Era fascinante el canto de vida de los pájaros
llenando el ambiente de notas musicales formando una bella sonata de
incomparable armonía que en mucho contribuyen al equilibrio psicológico; pero lo
que más quedó impreso en el alma y que aún recuerdo como el primer día, es el
sonido del agua cantarina, imperturbable, constante...
Cuando el frío y la inactividad me entumecían los músculos, subía por las
laderas trotando hasta el cansancio, o en un lugar plano a la orilla del arroyo
hacía gimnasia, moviendo las piernas hacia arriba, flexionándoles repetidamente;
saltaba sobre las puntas de los pies o me daba por caminar río arriba buscando
nuevos paisajes siguiendo el curso del agua con una rústica caña de pescar,
lombrices de tierra como sebo o carnada, dos o tres latas de cerveza, lápiz y
papel. Me detenía para dejar caer el anzuelo en los remansos con la esperanza de
atrapar truchas, pez de exquisita carne que abunda en estos helados riachuelos.
La trucha es un salmónido carnívoro de cabeza pequeña dorso oscuro y vientre
plateado provisto de manchitas a lo largo del cuerpo, grises o negras según la
estación, situadas por encima de una franja obscura que partiendo de los ojos,
termina en la base de la cola. Estoy seguro que son escasos los peces que tienen
una carne tan deliciosa como la trucha. Atraparle, "no es de cualquiera" como
dicen los lugareños, hay que ser, además de muy astuto, un buen pescador; es muy
escurridizo, parece tener cierta inteligencia porque no se acerca al anzuelo si
uno está visible; por eso, y como respondiendo a un reto, había ingeniado el
modo de atraparles cebándoles, es decir dejando caer en las pozas donde se veían
nadar, trocitos de lombriz, libélulas tiernas o huevos de salmón. Los taimados
peces dejaban que estas cosas se fueran al fondo sin prestarle aparentemente
atención, como si supieran que era una trampa mortal. Cuando no conseguía
atraparles de esta manera, usaba el camuflaje. Me cubría de ramas, agachado o
tirado sobre la maleza para no ser detectado y permanecía inmóvil. Al cabo de
unos momentos, con extremo cuidado tiraba el sedal, el pez iba rápido al anzuelo
para no dejar ir su presa, y caía, solo de esa manera lograba pescarles.
Y así, en esos menesteres pasaba una gran parte de los fines de semana, huyendo;
¿Para qué decirlo de otra manera si es la palabra precisa?. Huía de un huracán
de conflictos que en ese entonces, y debido a la inmadurez e inexperiencia me
hacían sentir deprimido con una sensación de fracaso taladrándome el alma. Era
muy frustrante el hecho de estar en un país extraño, desprotegido, víctima de
ingratitudes e incomprensiones que provenían siempre del egoísmo y la querella
torpe de mi joven mujer, enferma de celos e ignorancia y a quien por
responsabilidad de varón, hube de aceptar como mi compañera para bien o para
mal. Sin amarnos lo suficiente, fue menester no dejarle desprotegida con un bebé
en su vientre, era mi hijo a quien nunca quise abandonar. Por eso no estaba tan
sólo; pues, había en el hogar, una estrellita de ojos cafés y cabello dorado
iluminando con su tierna presencia mi vida; una promesa de grandes esperanzas
futuras que me hacía soñar que en algún tiempo después y en otro lugar, seríamos
verdaderamente felices, como amigos y compañeros inseparables. Con esa pequeña
luz de anhelos, divagaba añorando el buen entendimiento con mi compañera,
momento que un día tenía que llegar. Grande es ese lazo que nos une a los hijos,
esos retoños juguetones y traviesos por quienes sacrificamos todo, dejamos las
oportunidades de obtener fortuna cuando sabemos que nos necesita a su lado. Un
hijo, es un tesoro que no se debe dejar sin nuestro apoyo jamás. Bajo esta forma
de pensar, sabiendo que un día, cuando se transformara en un hombre adulto,
aunque se iría del hogar como yo lo hice una vez, estaría seguro de tener en el
mundo a una parte de mi iniciando su vida como yo en estos momentos, la mía.
Hoy, le ayudaba a crecer y desarrollar su capacidad de amar para que fuera un
fruto del bien y provecho a la humanidad; eso, además de saber que no era en
vano mi sacrificio de padre, me proporcionaban una meta a seguir y no me
importaban los sacrificios o las penas que pasara con tal de conquistarla.
Debido al frío inclemente y sobre todo a la soledad en la que viven inmersos,
los lugareños acostumbran una bebida muy fuerte; el mezcal, ardiente licor, “la
cobija tripera que quita el entumecimiento del alma y la parálisis del espíritu
al cristiano”. “Cuando el clima está de la fregada y la vieja o los hijos lo
rechingan a uno, ahí está el margallate, el mezcalito sabroso p´a calentarse y
andar a gusto"- dicen los rancheros. Es la bebida típica de los habitantes de la
sierra; tan fuerte, que hasta sirve de combustible, por eso lo utilizaba para
hervir las jeringuillas, hacer curaciones, flamear mis instrumentos quirúrgicos
y avivar el fuego de la hoguera. Como el vehículo en que viajaba era una
motocicleta, bajo el asiento, en un compartimiento, iba "la viajera caliente",
una botellita del risueño y picaresco licor ambarino prometedor de alegrías,
listo para ser utilizado en el tiempo y lugar oportunos.
En cuanto llegaba el fin de semana, aperado con carnadas, cañas de pescar,
lápices, papel y ansia de libertad, salía del caserío donde trabajaba como
médico rural en una clínica del Seguro Social prestando mis servicios a las
familias de los aserradores; me sentía feliz alejándome del bullicio y también
de los habitantes del pueblo quienes por ser un extranjero me veían como un
personaje extraño a sus costumbres, un " juereño de quien sabe de donde madres
vino; yo era, para ellos un “frastero” de quien no se debía confiar del todo.
Cuando las cosas se ponían difíciles e insostenibles, en vez de quedarme en casa
y tratar de resolver con discusiones estériles el asunto doméstico en cuestión,
salía tenso y desesperado del hogar que bien pudo ser un nido de serenidad, amor,
progreso y sobre todo la fuente de claridad que tanto necesitamos los hombres
cuando somos jóvenes; esa luz que nos alienta a la lucha por sobrevivir
suavizándonos la asperezas de la vida. Pero aquello, en cambio, era como un
hervidero de molestias sin límite. El hogar de donde emana esa solidaridad que
hace amigos inseparables a una pareja, no lo tenía o casi había desaparecido; la
quietud de la sierra era sin lugar a dudas el escape de aquel infierno casero en
que vivía; todos los pesares de joven iban conmigo a diluirse en la belleza de
la naturaleza, en la lujuriosa lobreguez del monte.
Afortunadamente la motocicleta llegaba hasta la entrada de la cueva; digo
afortunadamente, porque de lo contrario hubiese tenido que caminar en terreno
escabroso unos dos o tres kilómetros; una vez ahí, después de ordenar mis cosas,
recogía un poco de leña para la hoguera, hojas y maleza que colocaba
cuidadosamente entre unas piedras para encenderles luego; dejaba las latas de
cerveza en el agua del riachuelo para que permaneciesen heladas; y, una vez
acomodado impregnado con las amarguras pasadas, iniciaba otro tipo de lucha que
consistía en cultivar esperanzas en el alma arrullado por el dulzor de esa
franca comunión con la simplicidad del medio donde se iba lejos la sensación de
que no era un extranjero, un cualquiera sino un ciudadano del mundo teniendo
como techo el inmenso cielo azul, pisando con respeto y gratitud una tierra que
es de todos los hombres y no de unos cuantos. Con la idea de que estando en
compañía del Dios que mora en cada uno, era libre; me sentía complacido de estar
con mi verdad, cosa que me permitía armonizar hasta donde me era posible hacer,
rubricando los momentos con humildes oraciones al que todo lo puede y reafirmar
la voluntad de seguir luchando.
Una vez colocadas las cosas en su lugar, apilaba leños para encender la hoguera
y ahuyentar a los insectos dañinos con el humo. Los trozos de madera, hojas
secas y hierba colocados en un pequeño círculo de piedras, ardían desprendiendo
chispas que subían y rebotaban en el techo. El calor del fuego impregnaba la
estancia y una profunda dicha comenzaba a tomar forma. Las llamas bailoteaban
juguetonas sobre los trozos de carne fresca salada, acariciando con su calor e
inundando con el suave y delicioso aroma de los alimentos las paredes y rincones
de la estancia. Poco a poco pasaban las horas hasta que el sol se escondía
plenamente y la oscuridad cubría todo; entonces, empezaba la fiesta de los seres
nocturnos, renovados sus bríos por la seguridad de la sombra, saturando el
ambiente de sonidos, roces y ruidosos reclamos. En esa forma, acariciado por el
calorcito y la tranquilidad del momento, cenaba en paz deseando estar cerca,
disfrutando de la compañía de mi precioso hijo; aprovechar el agradable momento
para contarle cuentos, historias emocionantes de esas que a los niños hace soñar
como lo hacía cuando estaba en casa. En esos momentos, le imaginaba feliz con
esos ojillos inquietos, siempre curioso: - ¿Que es eso que esta ahí, papá?,
¿Para qué sirve? , ¿ De quien es?.
Al filo de las primeras horas nocturnas, era frecuente que algunos campesinos de
regreso a sus ranchitos, pasaran frente a la cueva cargando hasta el tope a sus
pobres animales con víveres y otras cosas útiles a la familia; los eternos
trajineros, comerciantes de la campiña de vuelta a sus hogares después de
fatigosos días de venta y compra en el mercado del pueblo; personas sencillas
siempre atentos y generosos con su amistad que al darse cuenta de que alguien
estaba en la cueva del arriero se asomaban a la entrada, curiosos.
- ¿Bueno médico, pos que chingados está usted haciendo por aquí, solitario como
si juera un perseguido de la justicia o algo parecido?. No es que seya uno
entrometido, pero se piensa, y uno dice, pos bueno y este hombre teniendo su
casa, bien estaría en ella cómodo y feliz con los suyos, en cambio, se la pasa
aquí rejundido en estas apartazones; la mera verdá pos que uno no entiende y me
va a perdonar la libertá de hablarle ansina, que así seya el pensamiento de uno,
sin ánimo de molestar naturalmente pero me gustaría palabriar un rato con uste y
saber qué lo trái por acá.
-No, no, esta bien, un buen amigo tiene derecho de saberlo, sé que usted es
hombre honrado y merece una respuesta. Lo que pasa es que estoy aquí en busca de
tranquilidad para pensar un poco sin el ruido del pueblo, así de simple ¿Cómo la
ve?.
-Pos no deja de ser un tantito raro su modo, pero como dice el dicho: ca quien
vive su vida como chingados le cuadre. Ahora que si le estorbo, pos me retiro
nomás; por el contrario, si no le es molestia le voy a hacer compañía por un
rato. Sirve que desentumo las patas, me caliento el fundillo, palabriamos un
poco y a lo mejor, si es de su agrado y con esa buena voluntá que siempre ha
tenido p´a nosotros los probes, pos nos echamos un juertecito, como pa celebrar
el buen incuentro, ¿Que me dice d´eso?, ¿Verdá que suena a toda mecha mi modo de
pensar?. ¡ Quiubo, usté manda! , ¿ Que me dice?
-Está bien, me agrada la idea.
-Solo espérese tantito mientras me termino de bajar del jumento este y saco la
condenada botellita calentona de entre mis cosas. Me puede faltar el bastimento,
médico, pero la cobijita de mezcal, esa si que no la dejo. ¡Aaaaqui está!, mire,
que rechula se ve la botella, mi bule de la alegría, la cobijita de mis
chingadas tripas, ¿ Que le parece ? .
-Me parece bien, -contesté- pásele a lo barrido y siéntase como en su casa.
Después de tanto tiempo, había aprendido a hablar como ellos.
No es bueno despreciar una invitación de éstas porque al hacerlo, se resienten
hasta el grado de considerarlo como una ofensa, una prueba de mala voluntad y
desprecio, lo toman a uno como un enemigo, cosa no conveniente. "Hay que dejarse
llevar, por el buen sentir y no ser "ni tan tan, ni muy muy"; el asunto es
convivir en orden y cevilizadamente, como Dios manda" .
El ranchero sacó de entre sus "maritates", un recipiente de barro envuelto en
una red, del cual colgaba una bolsita de chile molido, unos trocitos de carne
salada y seca; con todo en las manos, y una enorme sonrisa, elegía donde
sentarse en la dura y fría laja, pero que una vez acostumbrados ya ni se acuerda
uno ni molesta lo incómodo de la piedra. De todas maneras ya tienen sus callosas
nalgas tan endurecidas que pueden sentarse en las espinas sin sentir. El hombre,
ponía a un lado el mezcal, extendía los brazos abriendo las manos frente a las
llamas para calentarse, mirar las brasas, suspirar profundamente, escupir
después por ahí una poca de saliva con tabaco y disponerse a la plática.
-Pos como dijo mi aguelo, que en paz descanse y de Dios goce su santa presencia,
-murmuró el hombre quitándose respetuosamente el sombrero -pa mi es un rial
previlegio, y pa que no decirlo, de machos además, compartir con un hombre
letrao como lo es usted, amigo; y además, pos que nos ha demostrao ser de bien y
a toda madre, por lo amoroso que se comporta con la pobrería; no es que trate de
" hacerle la barba" naturalmente porque pa eso no sirvo yo; es que...sin ánimo
de rodear o andarse por veredas, la mera verdá que ansina como usté hay pocos,
médico. No vaya a pensar que mis palabras son puro culebreo y que por alguna
razón le estoy alabando, nada de eso. Es la puritita verdá, por todos lados de
la sierra se habla bien de su persona, lo requetequeremos a la buena, verdá de
Diosn; son tantos paisanos los que han recebido sus favores que se le apreceya
diá de veras. Y pa sellar lo que dije y calentar la tripa, vamos a brindar-.
El ranchero, emocionado por su discurso, tomó con cierta delicadeza el mezcalito,
cortó un limón en dos mitades espolvoreándoles con sal y chile, tendiéndome
enseguida la bebida de ambarino color con su respectiva botana, acompañando todo
con una amplísima y brillante sonrisa en aquella cara curtida por el sol y el
frío.
-Salud, pues. Le dije, al tiempo que bebía un sorbo del licor. Terrible trago,
como si una brasa ardiente fuera bajando en medio del pecho para caer en el
pobre estómago que resentido por el golpe, daba un salto en la barriga,
protestando con una severa contracción a la brutal agresión. En ese instante las
glándulas salivales comienzan a trabajar profusamente, la boca " se le hace agua"
al bebedor al mismo tiempo que en las rodillas nace una sensación de cosquilleo
o flojedad, se calientan mejor dicho con un fueguito que va por todas las venas
del cuerpo corriendo y enloqueciendo a su paso todo lo que encuentra. Ese
calorcillo agradable aumenta poco a poco; y como tibio lubricante, va aflojando
gratamente los músculos, el aroma del licor se percibe en el vaho, y bajo la
lengua, continúa fluyendo salivita caliente y dulce; después, como si una brisa
fresca se colara dentro de la cabeza, llega en suaves oleadas la alegría, brota
la sonrisa y las palabras emocionadas saltan de un lado a otro jugueteando,
haciendo a un lado las tristezas.
Aquel varón, al verme con los ojos abiertos y aspirando aire para sofocar el
incendio que se había desencadenado dentro de mi pecho, poniendo su manaza en mi
hombro, dijo:
-¡No se me arrugue, médico, no se me arrugue! . Ansina se siente con el primero,
si hasta parece que nos tragamos un gato en reversa que nos va arañando todo el
pescuezo por dentro, aluego el segundo y tercero se van yendo suavecito,
suavecito, ya van como dicen por ay los espertos bebedores, sobre mojao; después,
los otros ya son pura agua, ya ni se sienten. El chiste es beber sin ponerse
briago; no cabe duda que el vino se hizo pa los merititos machos...
-Es la poca costumbre amigo, - le respondí tosiendo un poco-. Casi no bebo licor;
pero eso sí, no quiero despreciar a los buenos amigos como usted quien ha venido
a acompañarme un rato.
-¡ Me alegra oirlo, y pa que vea, eso sí me cuadra reteharto en un hombre!. ¿Que
chingados cuesta ser síncero uno?, ¡con un demonio!; todo varón debe de ser así,
clarito como el agua del arroyo, también muy prudente, ¡Si señor!. Prudente y
sabedor. La vida nos enseña que el orgullo en la gente no es del todo lo mejor,
y ademásn, ¿onde cré usted que está presto a brotar el verdadero cariño?, pos
nada mas ni nada menos que en el corazón de los probes, ahí es donde se
incuentra el sentimiento síncero, con nosotros no hay falsedá ni reveses, la
mano franca y es todo. ¿P´a que ser diotra manera?. Dígame, no tiene ojeto quiun
varon se la juegue de ladino y malintencionao con los que le tratan bien o
cuando hay que ser legal, a la buena todo se resuelve. Lo demás, es puro pinche
aparato, ¡El que es a toda madre siempre, pos es a toda madre ondequiera y se
acabó! ¿No es así?. Pero como que se está infriando el caliente, a ver,
préstemelo me voy a echar un madrazo también.
Tomó en sus manos el recipiente y bebió un largo trago, mordiendo la tajada de
limón con fuerza cuidando de no arrugar la cara, porque un macho, no debe
hacerle gestos al licor, el trago, no se hizo pa las viejas sino pa los meros
hombres. El problema está en que unos lo agarran macizo y se les percude el alma
con el alcol de tal forma que después, pos ya no pueden vivir sin él, ahistá el
mal ".
El buen señor continuó hablando por largo rato; brindábamos alegremente por lo
que se nos vino en gana. Respondía a mis " curiosuras" como le llamaba a mi
plática indagatoria sobre las cosas de la sierra, me contaba de sus familiares,
de sus hijos haciendo énfasis en cuanto había peleado con la vida por tener sus
animalitos en forma; se quedaba por momentos contemplando el fuego y viendo que
el bote mezcalero estaba casi vacío, se levantó con desgano, sacudió las
posaderas, estirando ambos brazos hacia arriba disponiéndose a partir para
aprovechar la claridad de la luna que ya comenzaba a salir. Despidiéndose con un
'' por ahí nos estaremos viendo '', y tocando con la punta de los dedos el ala
del sombrerón, siempre escupiendo a un lado y, tras un pujido al subir al lomo
de su bestia de carga, se alejó silbando alegre por el sendero iluminado
hermosamente por la luna llena y la claridad de las estrellas.
Cuando el ruido de los cascos y el silbido desapareció en la distancia tras la
loma, de nuevo aparecía la dulce soledad mientras esperaba pacientemente que la
noche continuara su labor de pintar de negro las cosas y poder descansar
profundamente. Al atizar la hoguera con un viejo machete que había encontrado
por ahí, el pensamiento se fue lejos, las cosas idas aparecieron, gente ausente,
los amigos de antaño con sus buenas o malas experiencias, mis padres lejanos y
el clima tibio de la patria mientras se formaba en la mente una pregunta sin
respuesta una y otra vez. ¿Debo regresar a casa?, ¿Para qué?, Seguro que al
llegar comenzará la discusión, los gestos de desprecio, el grito y el despecho;
se sucederán los problemas de costumbre que hace tanto daño, y mi niño se
asustará. ¡OH, Dios!, ¿Cuando cambiará todo esto?..¡ Si tan solo estuviese en mi
País y gozara de la cercanía de mi gente, del apoyo paterno!. Aquí, tan lejos,
en este lugar escondido de la tierra donde mi voz no se escucha, la palabra de
un extranjero es como el polvo que se lleva el viento, no vale, nadie la toma en
cuenta. Pero ha de ser seguramente su voluntad y estoy cumpliendo con una misión
importante que me complace. No debo olvidar el sacrificio de mis Padres por
darme esta noble profesión la cual desempeño como un sagrado deber; tengo
presente que alguna vez habré de regresar al terruño querido y todo será
distinto; no faltará quien vea con agrado mi esfuerzo, notarán que tengo el
corazón lleno de amor por los que sufren. Es por esta razón que me encuentro
aquí, aprendiendo, pasando amarguras por adquirir gratísimas experiencias para
usarlas como es debido en los niños y ancianos, con aquellos necesitados de una
mano diestra que les cuide como solamente un médico puede hacerlo.
Sin darme cuenta estaba diciendo todo esto en voz alta, en un soliloquio
dramático, como si esperara que el viento nocturno aprobara y se llevara lejos
aquellas palabras que más bien eran la oración de un desesperado, víctima de su
ignorancia y debilidad de carácter.
A veces me quedaba absorto en un punto indeterminado del paisaje, en silencio
para que en la mente se dibujara la imagen del amigo y hermano lejano; cosa que
me permitía escapar de la realidad sin daño alguno. Se sucedían escenas hermosas
de mi niñez, el hogar donde crecí allá en San Miguel... Mi viejita, siempre
buena, la mejor de todas las mujeres de la tierra, santa y abnegada la pobre,
sentada en el vetusto banco de madera en un rincón de la casa rezándole al buen
Dios por sus hijos ausentes; mi mamá como una flor morena con el corazón
rebosante del néctar de un amor inacabable en franca plática con su ángel. Su
jardín sencillo y los amaneceres húmedos, las noches olorosas a jazmín bajo la
frescura de los árboles frutales plantados por mi papá, y aquellos arbustos
humildes con hojas rojas o anaranjadas inolvidables, la "capa del rey"; siempre
prendidas en el alma para no olvidar que tengo un lugar donde ir, un hogar
legítimo donde nadie quiera hacerme el daño que he recibido aquí. ¡He sido un
tonto!, dejarme convencer y llegar hasta estos lugares tan apartados, ¡Que torpe
he sido!, Pero así tiene que ser, es la voluntad suprema y tengo que obedecer;
solamente de esta manera en el fuego del dolor es como habré de forjar el
carácter y ser alguna vez lo que siempre soñé: un hombre capaz.
Como si estuviese despertando de un sueño me desperezaba y sentía que algo
mojaba mis mejillas acaloradas, eso no era de mi agrado y con un brusco
movimiento, avergonzado de mi cobardía, limpiaba con el dorso de la mano
aquellas tristezas que a decir verdad a nada conducían.
Sin embargo, esa noche ocurrió algo que nunca olvidaré. Tan ensimismado estaba
en pensamientos y recuerdos que apenas noté aparecer y esconderse al mismo
tiempo entre las sombras nocturnas un bulto que se movía y quedaba quieto a un
lado de la entrada de la cueva provocándome temor. Entrecerrando los párpados
para ver mejor ya que me encontraba en la parte iluminada, empuñé sigilosamente
la pistola, procedí a quitar el seguro y esperar. Imaginaba los movimientos que
haría en caso de defenderme del ataque de un asaltante, aunque la posición que
tenía era en desventaja por estar encerrado; podría saltar para ubicar al
visitante y disparar en caso necesario. Por instinto, me hice a un lado con
rapidez quedando resguardado por una enorme roca, alerta los sentidos tratando
de captar aquella presencia y cubriendo los ojos con la mano izquierda para no
ser deslumbrado por el resplandor de la fogata, mientras que con la otra,
jugueteaba con la empuñadura del arma. La pesadumbre de antes, había sido
substituida por un salvaje instinto de supervivencia ante el peligro.
Una ronquísima voz se oyó en la sombra.
-¡Sosiéguese hombre de Dios, sosiéguese! Estoy desarmao y soy inofensivo. No soy
un ladrón, ni mucho menos vaya a pensar que soy el mesmo diablo; no, no soy el "
patas de cabra ", aunque le diré que tampoco soy un angelito, pero no vengo a
hacerle daño, así que cálmese y baje la matona por favor; solo soy un pobre
viejo que ha venido a vesitarlo. ¿Me permite pasar?. Mire veya, no traigo nada
en las manos.
Aquella voz enronquecida me causó miedo, el corazón agitado por la tensión del
momento transmitía sus latidos a las sienes y en las puntas de los dedos; un
leve temblor me sacudía las rodillas. Siempre sosteniendo el arma y alerta a
cualquier sorpresa de parte del extraño, contesté:
-Adelante amigo, pase usted. ¡ Me ha dado un susto tremendo!. Poco faltó para
que empezara a disparar. Por un momento pensé que un ladrón o algo como un
espanto me venía a visitar. Espero que no sea una ni otra cosa porque no estoy
de humor para emociones fuertes.
-Pos yo creo que poco me falta pa ser eso que dice usté, señor dotor, poco me
falta pa ser un espetro por las condiciones en que me incuentro. Ciertamente que
hey sido un atrevido al venir a estas horas e interrumpirlo, pero ya estaría de
Diósn que las cosas sucedieran ansina. Yo vivo por aquí cerca, ¿sabe?, siguiendo
pal norte, como quien dice ahí nomás tras lomitas está su casa de usted,
diríamos que somos casi vecinos en estos parajes .
-Le agradezco la sinceridad y gentileza amigo, ¿Podría decir a qué ha venido, en
que le puedo servir?
-¿Pos qué le puedo decir, dotor?, No lo tome a mal, lo que sucede es que ya van
muchas veces que lo deviso pasar en la máquina ésa y que nos preguntábanos : ¿Bueno,
y p´a onde va el dotorcito?. Aluego que lo víamos meterse en la cueva del
arriero; pos eso me rete intrigó, y no es para ménosn que una persona como usted
venga tan seguido; si no hay fin de semana que no lo haga y a veces hasta el
siguiente día se regresa. Nos hemos preguntao ¿Pos qué será lo que busca ese
hombre en la cueva?, y francamente no atinamos, por eso, hoy, picao por la
curiosidá me decedi a hablarle. Va usted a disculpar si en algun modo lo haya
inquietao que hasta la matona sacó, pero creameló, no era mi intención
perturbarlo tanto así que hágame el favor de perdonarme.
- No tenga cuidado - le contesté, ya más tranquilo-. Es cierto, hace varias
semanas que vengo. Me gusta la pesca de la trucha y estas quietudes de la
montaña me atraen y ayudan mucho a pensar, estoy muy bien aquí, descanso lo
suficiente.
-No deja de ser estraño que prefiera este andurrial alejao teniendo en el pueblo
tanta divirsión; porque en este lugar, dígame, ¿Que puede jallar de bonito?.
Solo chiribiscos, chichimocos, sirpientes, ardillas, peñascales y el frío
condenao que no espera a naiden p´amolarlo. Pero hay algo más que sin ánimo de
ser entrometido, pos me ha llenado de inquietú pa que lo voy a negar. Varias
veces que me he acercao cuando usted se queda dormitando, le he óido sollozar;
en otras veces que se pone a orar con tanta amargura que se me hacía un nudo en
el pecho con tan solo oyirlo, por eso pues, me decedí a entrevistarme con su
mercé, porque se nota a leguas que es un hombre de bien que en una forma u otra,
tiene alguna pena y aunque seya con mis inorancias, es posible que en alguna
manera le pueda ayudar en algo. Por favor, le ruego que no disconfíe, somos
gente de bien, y pa demostrárselo, mire, le traje un humilde regalito.
Extendió una manta blanca sobre la piedra, luego desenvolviendo otra, dejó al
descubierto unas tortillas calientes, un suculento trozo de queso fresco y de
alguna parte, sacó una jarra de oloroso y humeante café.
-Francamente que le estoy muy agradecido por la molestia que se ha tomado en
venir desde su casa cargando todo esto Lo acepto con alegría si me acompaña a
cenar, no es bueno comer a solas.
Era un viejo moreno de mirada triste y profunda, unos sesenta y cinco o setenta
años cuando mucho; el sombrero tirado hacia atrás sobre la nuca dejando al
descubierto una abundante cabellera entrecana, desordenada sobre la frente. A
los lados, el barbiquejo anudado sobre el mentón y en una de sus puntas,
pendiente una minúscula cruz de estaño. Bigote poblado, "cáido" sobre las
mejillas, canoso también, le cubría gran parte del labio superior. La nariz del
hombre era recta con unas manchas rojas laterales como si se hubiese quemado con
algo. Vestido con la ropa usual de los rancheros traía un gran sarape enrollado
y tirado sobre los hombros, de color negro y rojo; su camisa de manta, impecable,
limpia, dejando ver en ambas bolsitas, colgando dos o tres medallas con imágenes
religiosas. Del botón superior sujeto con un gancho, un crucifijo toscamente
elaborado a mano con un palito amarrado en medio semejando a un Cristo. Los
raídos pantalones de mezclilla con los ruedos deshilachados, medio cubrían los
pies metidos en sendos huaraches de correas endurecidas. Noté que le faltaban
varios dedos. Un presentimiento me hizo ser aun más inquisitivo y examinar
cuidadosamente al hombre que en forma intempestiva se había hecho presente.
Cuando le vi ambas manos parcialmente amarradas con vendas lo comprendí todo.
Estaba enfermo, contagiado por uno de los males tan antiguos como el tiempo
mismo, la lepra.
De inmediato comprendí la situación del hombre y recordando que un enfermo de la
piel sufre mucho si se le manifiesta repugnancia por su dolencia, hay que darle
respeto y confianza, así que haciendo a un lado todos los prejuicios que la
ignorancia nos adosa, le dije:
-Bueno mi querido amigo, ¡pues a comer se ha dicho!, no dejemos que se enfríen
las tortillas, hay que aprovechar este queso que se ve delicioso, así es como me
gusta.
Mientras comía, noté que el viejo cambiaba su expresión, medio agachando la
cabeza lloraba en silencio; gruesas lágrimas se desprendían de sus ojos hasta
esconderse en los bigotes; ya imaginaba la causa de aquel llanto, pero no dije
nada esperando que fuera él quien explicara su conducta; al cabo de unos minutos,
alzando un poco la cabeza y aclarándose la garganta con un forzado carraspeo,
dijo así:
-Estas lagrimitas, señor dotor, estas pinches lagrimitas son de macho, que no le
quepa duda ¿Sabe?. Porque un hombre, por más bragao que seya, sobre todo cuando
se precia de serlo, sin pena ni retobo, también sabe llorar. Y yo estoy llorando,
no lo voy a negar. ¡Si señor, llorando como lo ve usted!, pero de puritita
felecidá en esta noche que pa mi es la primera en muchos años donde mi corazón
de viejo se ha puesto a relinchar de gozo dentro del pecho como un perrito
alegre al ver que su amo llega. Este queso, el cafecito y lo demás que le truje,
lo hicieron mis hijas; son dos, mis muchachas, quienes dende hace dos meses
enteritos se la han llevado piensa que piensa, en mandarle este humilde
bastimento. Hasta hoy que lo hicieron. Mire que era una indecisión, se detenían
una y otra vez al verse enfermas, contaminadas con este espantoso mal por el que
naiden, naiden se nos acerca. ¿Se da cuenta usted lo que eso significa p´a un
ser humano?, verse uno relegao como un animal y despreciao por todos; ni nos
hablan como si no juéramos dignos de recebir una palabrita siquiera, una pinche
palabrita de los que presumen diciendo que son nuestros hermanos, y lo repiten
hasta el aburrimiento por todos laos, con la diferencia que con nosotros la cosa
es bien destinta porque nos aborrecen y despreceyan aunque sabemos que ante Dios
todos semos hermanitos carnales. Tienen harta repunancia de nosotros, los
leprosos, la gente lacrada que vive en la loma de San José, como dicen. Si
queremos amistar con alguien, alueguito juyen despavoridos y nos dejan con la
sonrisa en los labios. Ya se puede usted imaginar lo que sentimos, si es como
una cosa espinosa que brinca dentro del alma haciéndonos el daño más terrible
que se le pueda hacer a alguien. Pero ahora, en esta noche, al verlo comer sin
miramientos nuestra comidita, y sabiendo ademásn que soy un leproso; porque no
crea, me fijé bien cuando me estaba esaminando con la mirada, pos la mera verdá
que no me pude contener y se me salieron '' las de San Pedro ''. Pero como le
alvertí dende el prencipio, de la pura alegría que siente mi alma al darme
cuenta de que entodavía quedan, aunque relanciaos, algunos buenos amigos pa
nosotros los enfermos de lepra.
El estómago brincó asustado cuando dijo que sus hijas habían hecho aquella rica
comida, ya imaginaba a las mujeres cubiertas de llagas pestilentes manipulando
el alimento, dejando caer sobre el mismo su vaho enfermo. Aunque a decir verdad,
desde mi corazón, en profusa continuidad al igual que el arroyito, comenzaron a
manar muchos pensamientos llenos de sabiduría y buen razonamiento. " Que la
lepra no es contagiosa al extremo y además, ellas se han de haber cubierto
adecuadamente.. ¿ Por qué entonces mi repulsión involuntaria?, Cosas así venían
a la mente, permitiendo al mismo tiempo que todo se desarrollara con normalidad.
-Este no es el momento de asquitos, remilgos femeninos y niñerías, - me repetía
- ¿Acaso soy tan torpe que no me he dado cuenta que hay poca diferencia entre
este hombre y yo? ¿Qué tan limpio me imagino ser? . ¡ Caramba que engreído soy!.
Como médico, comprendo muy bien que ésta enfermedad no es transmisible en el
poco tiempo que trate a este señor, tanto como para que en un momento quede
contaminado de por vida ".
-No me esta preguntando, dotor, pero la comidita la hicieron con las manos
metidas en unas bolsas de plástico, limpiamente, con delicadeza y mucho cuidado
pa no ofenderlo..
-Perdóneme usted, pero no me interesa cómo lo hicieron, lo único que me importa
es que tiene el sabor del verdadero amor. No se moleste en dar explicaciones a
quien desde este momento será su amigo incondicional, y para que vea que la cosa
va en serio, sostenga esta botellita que vamos a brindar.
-¿No cré que me hará daño echarme un tequesquite?.
-De ninguna manera, señor. En este momento no hay algo que pueda hacernos mas
daño que la vida que hemos llevado a cuestas, ¡Vamos, déjese de cosas y tomemos
un trago!.
Bebió con deleite. Manifestando entre risas, que hacía muchos años que no
saboreaba un traguito de mezcal por temor a que la "enfermedá se le inconara",
después, limpiando la botella, con una de las mantas, dijo con cierta solemnidad:
-Este mezcalito me supo a gloria verdá de Diósn, y mucho más al recebirlo de
usted.
-Me siento muy contento de haberle conocido, de hoy en adelante seremos amigos,
pero amigos inseparables y sinceros si me hace el favor, y si no tiene
inconveniente le ruego me invite un día de éstos a su casa para conocer a su
familia. Puedo asegurarle que será un honor; ¡Ah! y no se hable más de contagios,
desprecios repugnancias y cosas así , ¿Estamos?
-¡Estamos! . -Respondió el viejo. En su voz había una chispa de alegría.
-¿Cómo me dijo que se llamaba?
-Perdóneme dotorcito, pero es que con tanta emoción, se me olvidó presentarle
respetos. Llevo por nombre Benedicto y mi apelativo es Retana, Benedicto Retana
pa servir a Diósn y a usted también, ¿Por qué no? .
El viejo, emocionado se quitó el sombrero al presentarse. Los habitantes de
estas serranías son muy corteses y sencillos, cuando dan su amistad es hasta
morir; aquí es difícil ver en un hombre la traición; su sincero afecto y lealtad
son detalles de incalculable valor y se precian de respetarlo a cabalidad. " Es
una virtú ser leal y síncero " - dicen con orgullo -.
Iniciamos enseguida, al calor del mezcal seguramente, una de las pláticas más
hermosas y de provecho que se puedan imaginar; un caudal de experiencias vitales
plenas de sabiduría e indecibles sufrimientos soportados con una valentía
extraordinaria, sin resentir la circunstancial voluntad del Creador como causa
esencial de todas las cosas, acepté sin reparo que el conocimiento divino está
en todas partes. El libro universal permanece abierto para todos aquellos que
nos interesamos vivamente en aprender o lo que es mejor, en buscar la verdad.
-Mire dotor, con el debido respeto que le tengo, debo decirle que todos los
seres humanos vienen a esta tierra a aprender y sufrir, unos se amargan mas
quiotros, según la cálida de la persona, pero por más penas que cargue usted en
el alma, son poquitas p´a las que llevan otros desgraciados como nosotros los
que padecemos este mal que nos aisla casi totalmente del mundo entero. Y tanto
es así que en ocasiones sentimos enloquecer y pensamos en la muerte. Yo al menos
cuando estoy en alguna parte solitaria me pongo a llorar al verme tan disgraciao
y le grito al mesmo Señor que está en los cielos: ¡LLÉVAME DE AQUI, PADRE. POR
FAVOR DAME EL DESCANSO ETERNO PA NO SUFRIR MAS!, aluego que mi pecho se calma,
me queda como un dolorcito dentro, muy adentro, porque sé que es pecao desiarse
la muerte a uno mesmo; ¿Y sabe por qué lo hacemos?, porque estamos retehartos de
la vida; aunque ésta, en verdá no es tan mala como nos parece porque siempre
habremos de encontrar un motivo de felecidá; sin esageraciones ni engaños, a
pesar de todo, es buena, y talvez por eso no me la he quitao aunque ganas no me
faltan a veces. Pregúntese usted, dotor, pregúntese con sinceridá ¿Cómo es que
empieza la vida?, ¿Acaso no entre los bramidos de dolor de la madre que nos la
dió y el llanto de la cría quiacaba de llegar?, dende el prencipio estamos
llorando, y seguimos derramando un llanto que entre más crecemos, es más
silencioso, pa que después, pasada la esistencia cuando nos toca la de irnos,
volvemos a llorar; entre lloros también dejamos el mundo, todo el tiempo se nos
va en lágrimas y lamentaciones, especialmente nosotros los pobres que solo en
eso encontramos consuelo la mayor parte de veces.
-De eso, estoy bien seguro, pero aunque nuestra existencia sea en muchas
ocasiones intolerable, vale la pena de ser vivida, lo sé, tenemos que vivir y
adquirir experiencia para servir a los demás, para darles fortaleza, la fuerza
que nos tocó aprender a través del sufrimiento; lo que pasa es que uno quiere
tener la bolsa del placer siempre hasta el tope, bien cargada; la del dolor,
vacía; y no es así la cosa; para que haya equilibrio, ambas deben de tener lo
suficiente y parejas además. Las cosas que nos hacen sufrir, pues, son
necesarias para hacernos más hombres. El dolor es como el fuego que ablanda el
hierro. Jesús de Nazareth lo consumió el fuego del dolor para alumbrarnos el
camino, algo así como cuando encendemos una vela que va desapareciendo pero
dando luz, así él. Es a fuerza de golpes que se nos va, poco a poco moldeando
para hacer de nosotros, al final una obra de arte. Y al decir esto, Benedicto,
ahora siento pena al lamentarme de cosas triviales, al notar que he estado
degustando el dolor que viene con los problemas sin tomarlo como un aprendizaje,
como un ejercicio para comprender otras cosas, de trascendencia, de utilidad. Lo
que pasa es que hablar no cuesta, el problema es razonar lo que se dice,
pensarlo muy bien, solo así es como llegamos a comprender a cabalidad.
-Ansina va el asunto. Las penas de los hombres son, unas retechiquitas, y otras
en cambio, enormes y fatigosas; pero cuanto más nos hieren, más nos están
acercando a la verdad de que cada uno con sus dolores, no es más ni menos que el
otro que es feliz o que aparenta serlo. Naiden es más grande ni mas pequeño. Los
cuerpos son los destintos dotor. Los cuerpos con sus pieles, ojos, pieces, manos,
defetos, enfermedades y vicios son los mesmos. El alma de todos los hombres de
la tierra, si la pudiéramos juntar en una sola, sería del mesmo color y con los
mesmos sentimientos de toda la humanidá. Es adentro, adentro donde está el real
varón, el que usted esta noche ha sacao de su buen corazón pa hablar un poco con
este viejo.
En todo el tiempo que tenía yendo y viniendo al apartado lugar en busca de paz,
nunca la había sentido en la forma brillante y maravillosa que la hallé esa
noche en compañía de una de las personas más buenas y generosas que he
encontrado. Aprendí que en la soledad, a veces nos podemos encontrar a merced de
nuestro peor enemigo que es uno mismo, especialmente cuando no sabemos
recogernos interiormente y permitimos que la mente nos dañe cada vez con más
fuerza; cuando las desconocidas virtudes del alma que nacen de la razón no las
anteponemos a las del cuerpo porque no sabemos cómo hacerlo y andamos como
ciegos, con los ojos abiertos pero sin mirar de lleno las maravillas de la vida
que nos rodea.
El buen viejo se levantó, desperezándose y echándose el trapo rojinegro sobre
los hombros de manera que cubrieran sus labios para protegerlos del frío. Su
mirada tenía ahora un brillo distinto, era quizá la luz de una esperanza tiñendo
de un color brillante aquellos ojos obscuros.
-Bueno, pos yo creo que ya me voy, se ha hecho la noche y estos ojos casi no
distinguen el camino, no vaya a ser el diablo que vaya dando topes contra las
piedras, y como tengo dormidos casi por completo los pieces, a veces dejo los
dedos en el camino. Ojalá y con el permiso del Señor, nos veamos de nuevo y que
ya sus ánimos hayan cambiao; no es bueno andar solo entristecido y priocupao
dotor, esto daña por dentro y le va royendo las entrañas a uno como si juera un
nudo de termitas de las meras bravas, que se va llevando granito a granito
nuestra felecidá . Y otra cosa: deje de andar diciendo que usted no es naiden;
eso no es bueno mi amigo, nada bueno, pienso que no es muy de machos que
digamos, escuchar a un hombre que se hace pequeño cuando la realidá es otra. ¡
Si hasta un pinche cabello hace sombra, dotor, fíjese bien, hasta un pinche pelo
de la cabeza hace sombra, cuantimás un ser humano de clase como lo es usted! .
Ah, y otra cosita que se me olvidaba . Cuando llegue a su casa, trate de frenar
su corazón, no deje que las emociones lo hagan devariar al punto de comenzar a
decir cosas que a veces resultan dañosas. Si la mujer comienza con sus habladas
y cosas insultativas pa uno diombre, pos quédese callao, quédese calmo ¡amárrese
la lengua ! no le risponda pa nada, callao como una piedra d´estas que estan
aqui, déjela que se suelte hablando como perico en guayabal. Solo mírela de
frente y sonría. Viera que a ellas no les hace roncha nada de lo quiuno haga; si
lo ven llorar lo tratan pior, así son ellas, que si uno se hace el mansito,
peor. Mire bien, usted puede agarrar un cuchillo y hacerlas picadillo, no les
duele; puede quemarlas vivas, y tampoco; aventarlas dende un precipicio, y no
les duele. ¿ Sabe que es lo que más les arde a las viejas, dotor ? . Lo que más
les molesta y retuerce por dentro causándoles gran castigo, es el desprecio. Así
como lo está oyendo en este momento, entre mas caso les preste, va mejor p´a
ellas. ¡Desprecéyelas!, y verá como se ponen, si parecen fieras heridas, ya
lloran, insultan, pataleyan, amenazan y hacen mil cosas; solo al vernos cáidos y
arruinaos se conforman. Yo lo hey visto al través de mis años de esperencia Así
que ya lleva el remedio p´a muchos de los males que le suceden en su hogar; ora
sí ya me voy, la noche se ha tupido y éstos ojos cansados apenas destinguen el
camino. Dios quiera que la otra semana nos veamos. Ahora recoja sus cosas, se
monta en su máquina esa y se va, váyase p´a su casa y dele un abrazo de mi parte
a su estrellita como le dice al niño, al hijo suyo. Que El Señor lo lleve con
bien.
Benedicto se marchó, noté que iba muy contento tarareando una vieja tonadilla
mejicana. Su voz se fue perdiendo en la distancia hasta que de nuevo, se hizo el
silencio, solo se oía el sonido del agua saltando en las piedras, el chirriar de
los grillos y el fuego, aún ardiendo. Un murciélago colgando de una saliente
sobaba sus membranosas alas en el cuello doblando sus grandes orejas cada vez
que lo hacía; al otro extremo, una gran mariposa nocturna, aplanando las alas
sobre la roca, arqueaba el abdomen para depositar una blanquísima y uniforme
hilera de huevecillos. De un agujero, bajo una piedra, vi que asomaba la cabeza
un ratoncito de piel obscura y ojillos brillantes que al moverme, se ocultaba
asustado; de seguro había olfateado el queso. Deje de arreglar mis cosas por un
momento y coloqué un trocito a unos dos pies de la madriguera. Esperé sin
moverme y a los pocos segundos, como un rayo, de dos formidables saltos llegó
hasta el queso y se lo llevó.
-¡ Hey, ratón! , -grité-. ¿ Sabías que en mucho tu y yo somos iguales? Tu hambre
y el instinto depravado, esos ciegos impulsos que te vuelven una fiera de
increíbles acciones. ¿Y que me dices de lo taimado?, cuando te quedas quieto,
aparentemente inofensivo, fingiendo serenidad esperando a tu víctima para
matarle, porque dentro de ti hay un asesino con todas las furias desencadenadas
que se apresta a matar sin compasión. Débil, audaz y al mismo tiempo cobarde,
tan insignificante y pobre como mi falsa grandeza.
¡Somos iguales, iguales, que no te quepa duda alguna!, no tenemos un ápice de la
honra de la que tanto se habla; sabemos que un ser superior nos protege y cubre
desde que nacimos con el manto de su infinita misericordia y amor. Nada nos
frena o limita la libertad, por lo tanto, así seguiremos, libres como el viento
yendo por donde nos place, moviéndonos siempre impulsados por el instinto y el
amor. Mientras tengamos luz, ratón, tu y yo seguiremos siendo iguales.
Mi voz resonó en todos los rincones de la cueva y la roca se cubrió con mi risa,
los grillos callaron y todos los ruidos nocturnos fueron substituidos con las
explosiones del escape de la motocicleta, robándole su quietud. De nuevo a
hacerle frente a una vida de problemas domésticos, aterido de frío corría veloz,
con la seguridad de que algo había cambiado. Mas o menos a las ocho de la noche
entré al pueblo, ya no era el olor a bosque sino a humo a leña quemada y el
ruido de la gente en sus casas haciendo sus quehaceres.
Mi hijo y esposa estaban ausentes como tantas veces, de visita talvez en casa de
algún amigo o con sus padres a menos de un kilómetro de mi casa. ¿Cómo es
posible que en este frío tan cruel hayan sacado al niño?. Ha de andar sufriendo
el pobre. ¿Pero qué se puede esperar en una persona que está llena de orgullo,
frustración y ansiosa por hacerme sufrir aun a costa de hacerle daño al niño
para resentirme, o aprovechando cualquier situación, provocar la discusión de
siempre?. El resto de la noche estuve solo pero descansé lo suficiente para
analizar y hacer planes, siempre pensando en las palabras de mi amigo Bene. A la
mañana siguiente desperté con el ruido de voces y gente tocando a la puerta,
eran los pacientes, enfermos buscando al médico del pueblo, la mayoría
campesinos que bajando de distintas partes de la sierra iban en busca de
cuidados profesionales. En eso estuve durante la mañana, recluido en el
consultorio atendiendo a los dolientes, la mayoría afectados por padecimientos
comunes como bronquitis, ya que se la pasan encerrados en sus casas aspirando el
humo de las chimeneas que siempre están encendidas para procurarse calor; el
resto, lesionados, neuróticos, artríticos, lo de siempre, la consulta común de
un médico rural. Pensé una vez estudiar arte y pintura, pero mi padre, tuvo el
acierto de orientarme bien y decidir por el estudio de la medicina.
Mi hijo estaba de vacaciones en casa de sus abuelitos maternos; de ellos guardo
aún gratísimos recuerdos, especialmente del viejo, Don Joaquín, quien me dio con
sinceridad su afectuoso respeto, sobre todo la confianza que necesita un hombre
para comunicarse abiertamente y contar sus penas, sus equivocaciones, con la
esperanza de encontrar un consejo útil. Era un profesional jugando al billar, un
as en eso de la '' carambola de tres bandas'', no tenía rival; y como no había
otra cosa en que divertirse, para distraerse se la pasaba jugando, o bien, en la
"entretención" mas agradable de los hombres, en la casa de una joven señora a
quien le decían '' la Quica '', diminutivo de Francisca o Erica, nunca supe el
verdadero nombre de esta mujer, hembra de buen cuerpo, morena, algo ronquita y
sin duda cariñosa con el hombre de cabello blanco y recia figura que se alisaba
el bigote cuando nos hablaba de ella. En una ocasión nos pusimos a platicar y
discurrir sobre diferentes aspectos de nuestras situaciones en el hogar, esas
pláticas que nacen de pronto, impulsadas por una necesidad de comprensión o
consejo; esa vez, sentados a horcajadas en un gran tronco derribado a la orilla
del camino, él con el cigarrillo entre los dedos y yo con un trozo de madera
jugando con las piedritas del suelo.
-Mire amigo, -decía mirando el horizonte-, yo, a mis años, no acabo de entender
a las viejas, pa mi que son los animales mas estraños y difíciles del mundo. Ni
crea que en mi casa me la paso a todo dar y que todo va bien, nada de eso; ahí,
naiden miace caso, entro, salgo voy y vengo y ni un buenos días o adiós papá,
que si no se le ofrece un vasito con agua, o un tecito ¡ nada!, mas que pura
chingada. ¡ Ah, pero no se diga cuando es el día de pago!, entonces como que se
alebrestan, por ahí andan todas revoloteando, zumbando de un lado a otro como
avispas locas sobre la miel : ¿Que si le apetece una tacita de café, que el
tecito de limón?, Que mire ésta tortillita tostada con la crema que a usted le
gusta. Yo solo oservo y oservo, se que todos estos requiebros son nomás motivaos
por el cheque que recibo quincenalmente. Yo entiendo, no soy tan pendejo como a
lo mejor parezco, y sin más que hacer, se los aviento sobre la mesa y me voy a
la chingada..
-¿De modo que no vé usted demostraciones de cariño sincero en su mujer o en sus
hijas?. Disculpe, se me hace muy difícil de creer pero no me las imagino tan
desatentas y groseras, si usted les ha dado todo y en sus pobrezas ha luchado
como debe de hacerlo un hombre decente por hacer de ellas unas mujercitas de
bien y sobre todo que se han distinguido y la gente las ve con respeto por su
persona, apenas puedo creer que se comporten de esa manera.
-Pos allá usted si no me cré, pero es la puritita verdá, es así como se lo estoy
diciendo. ¿Sabe lo que pasa? Que no ha vivido todavía, aun no sabe lo cabronas
que pueden ser las viejas. En este mundo mire usted, todas son iguales, toditas
están cortadas con la mesma tijera. Solo hay una mujer, ¡Oigalo bien! Una tan
sola, la única mujer sobre la tierra que nos quiere de verdá, sin retobo ni
maldá, con el amor más síncero que podamos imaginar, que da su vida si es
preciso por nosotros cuando estamos bien jodidos, y es la que nos parió. Nuestra
madre, que en paz esté la que me trajo a este pinche mundo; de ahí, mi amigo,
naiden lo ve a uno con ojos querendones si no traemos algo en la cartera. Si
traemos plata, entonces están retefelices, todo es a toda madre y se rebuscan
para demostrarnos que nos quieren; pero es pura falsedá, en esta vida todo es el
pinche interés, puritito interés moviendo ese corazón retobao y estraño de las
mujeres .
-Pero ha de haber alguna, aparte de nuestra madre, que nos ame de verdad por lo
que somos no por lo que tenemos en el bolsillo, alguien con un alma humilde,
llena de sinceridad. ¿No cree ?
-Pos quizá ha de ser, pero hay que buscarla como aguja en un pajar; ha de haber,
ha de haber, no se lo voy a negar. Al menos yo creo que ya encontré la mía. Es
una mujercita joven, bueno, pa mi que ya estoy canuso, digo que es bastante
nueva, me atiende sin esperar más que lo poco que gano en el " pull " o en la
carambola. Y a propósito de carambola, viera usted a mi vieja, ¡como se pone
rejega cuando no llego temprano a la casa!; estoy ahí un poquito más tarde de
las nueve, cuando ya han cerrado los billares, y ella, metida en un pinche
camisón de dormir, se queda a un lao de la puerta, con una cara que ya usted se
puede imaginar, pero bien encabronada, hasta cansada se nota por el coraje, casi
resoplando empieza con sus preguntas:
-Bueno hombre de Dios, ¿Y onde te juítes que llegas tan tarde a la casa?¿ontabas
puesn ?
-Pos estaba en el billar de arriba, vieja...en el billar de arriba .
-¡Pero si te juimos a buscar al billar de arriba y nostabas mas que pura madre!
.
-Bueno, es que me debían de haber buscado en el billar de abajo.
-Y tu has de crer que soy tu pendeja verdad, pues tampoco te jallamos ahí, ¿on
tabas puésn ?.
-¡Ah, pues entonces, en el de en medio, ahí estaba y si de seguro no jueron a
buscarme ahí, no es culpa mía.
-Tu y tus cosas, contigo no se puede, a lo mejor estabas en la casa de la otra;
por ay mian dicho que te la llevas de chicoleo con la mentada Quica. Yo no sé
que es lo que te has creído, ¡Si ya estas viejo! no seas tonto, ya casi ni
puedes con la bolsa de miados y ahí andas tras las enaguas de esa que dizque la
dejaron por puta, por cuzca que es, porque según los díceres, le gustaba andar
pelando a los hombres. Pero así son ustedes, cuando la ven a una arruinada,
trastiada por tanto hijo y la edá, la tiran como babosada pa irse a jurgonear a
otra. Pero yo por tonta, no sé que estoy haciendo en éste lugar si bien me
podría ir con mi hija y dejar que hagas tu vida como chingados te apetezca ... ¡
Y eso mero es lo que voy a hacer ! , ay te vas a quedar lambiendo al viento, a
ver quien te aguanta.
-Bueno, ¿ya terminó? ¿O le va a seguir pa quedarme aquí oyéndola, chinga y
chinga toda la noche?
-No, pos ya terminé, de nada me sirve estar aquí habla que habla como una mensa.
-Tonces que duerma bien, hasta mañana.
-Y así, en esto me la he pasao ya casi diez años mi amigo, vale que tengo la
cara dura y en mucho me vale lo que digan, ya estoy como curtido de tanta
chinga. ¿Que otra cosa podría hacer yo ?, dígame usted : ya mi vieja está
vetarra, y yo, pues aunque no estoy tan jóven que se diga, todavía mantengo el
tubo en forma, y ademásn, uno debe de estar onde lo quieren no onde lo tratan
mal, como basura, ¿no le parece?. Pero que coste, que no le estoy aconsejando
nada, con esto no le estoy diciendo que haga lo mesmo que yó y vaya a tener un
madral de problemas con su mujer por culpa de esta mi trompa que solo hablar
chingaderas sabe.
-De eso no se preocupe que me ocuparé yo a su debido tiempo y en el lugar
preciso. Me ha abierto los ojos, tiene razón y desde este momento vamos a poner
en práctica sus enseñanzas. Por ahora, me va a disculpar usted que me retire
pero tengo que ir a ver a alguien, con permiso, nos vemos otro día .
-Tenga cuidao amigo, tenga cuidao, no le vaya a atravesar un escuincle a la
muchacha que va a ver en este momento. Hay que ser prudente.
Reímos por un rato y con un apretón de manos nos despedimos tomando cada uno
rumbos distintos. Después de todo, en mucho tenía razón el viejo quien
naturalmente actuaba de acuerdo a su modo práctico de vivir. No era de mi agrado
ir a casa de mi mujer quien había predispuesto a su familia y no me veían con
buenos ojos, así que dediqué los días por entero a la profesión mientras llegaba
el fin de semana. Esa tarde, cuando iba hacia el arroyo, vi aparecer a mi niño
bajando las gradas de madera que han hecho en la cerca que divide la pista de
aterrizaje de las viviendas, venía corriendo con los bracitos abiertos a mi
encuentro, contento, feliz de ver a su papá. Con su cabello rubio, las mejillas
un poco tostaditas por el frío y oloroso a loción. Pensé quedarme, lo extrañaba
en verdad, tanto que si no hubiera sido por él ya me hubiese ido para siempre de
ese sitio. Por el momento había desistido de ir al acostumbrado lugar de pesca y
reposo espiritual, pero al ver a su mamita con la cara descompuesta por el
rencor y otros gestos novelescos propios, opté por retirarme después de haber
jugado un buen rato con el pequeño y llevarle a dormir. Le di un beso y algunas
cosillas que le había comprado y partí.
¡Cuanta ansia de soledad!. Necesitaba estar tranquilo, de nuevo reposando,
soñando y pescando, libre. Las cosas eran muy distintas ahora, era bastante
alentador tener a alguien con quien compartir y sobre todo por quien luchar, me
refiero a Benedicto. Estas personas gentiles y buenas ultrajadas por la sociedad
ignorante, marginadas con cierta brutalidad por quienes se suponen mejores,
distintos, incontaminados, los mismos que la Biblia menciona que tiraban piedras
a la mujer perdida; una sociedad de aburridos y refinados hipócritas embarrados
con una moral tan mediocre como su falsa honestidad, quienes paladean una
religión que solamente les sirve para engañarse a si mismos y van donde todo es
a medias, respirando un ambiente de intriga y egoísmo, mirando al otro con
envidia y recelo; donde eso de " amarse los unos a los otros ", es puro
formulismo insulso. Es un caserío de madera de pino, su comunidad no excede de
dos mil personas. La gente está dividida, el venenoso asunto de las clases
sociales como siempre; los ricos allá en un rincón apartado y bonito, mientras
que la pobrería, dispersa hasta en los cerros y lomas vecinas arrastrando un sin
fin de desgracias; los miserables espectros organizados, listos para vaciarse en
si mismos y escapar a la menor oportunidad a través de las puertas falsas
convencionales hechas a la medida de los débiles, los vicios que como lacras
infectan el alma de los desposeídos. En esta comunidad, jamás vi que hicieran
algo en beneficio de los demás, parece que en medio de la necesidad, el egoísmo
florece con mas esplendor. Cuando le pedían a Don Joaquín que definiera con
exactitud el lugar donde vivía, con su característico sarcasmo respondía: - Este
lugar es un montón de jacalones, una bola de cabrones y un frío de la chingada.
-¡ Para mí, es un infierno!- le dije una vez, dolido hasta la médula.
-Puede ser que así lo sienta usted pero no estoy de acuerdo; ¡como se pone a
creer que una parte del mundo como ésta, tan llena de las bondades del Señor
puede ser lo que dice. No, hombre, cada uno lleva su propio paráiso o su propio
infierno dentro del mesmo corazón. Cada lugar sobre la tierra se hizo pa que los
hombres que habiten ahí, se adapten y vivan de acuerdo a la naturaleza.
Esta contestación encerraba otra verdad, algo que no debía dejarse pasar sino
analizar profundamente. Me hizo recordar al poeta Salvadoreño Don Alberto
Masferrer que dice: " Con razón los hombres de todos los tiempos, queriendo
encarecer el espanto de aquellos lugares de expiación, han acumulado horrores
sobre horrores para describirlos, y no hallando palabras que les satisficieran,
acabaron por encerrar vagamente, en un vocablo duro y rechinante, todo lo que su
imaginación sobrecogida entrevió en aquellos mundos espantosos. ¿Hay, pues,
infierno?. Sí, se encuentra en todas partes donde el hombre, violando
ásperamente el orden, atrae sobre sus entrañas el duro, tenaz e insaciable pico
de aquel buitre que se llama Dolor. Así, cuando la imaginación localiza el
infierno en un lugar donde se acumulan sufrimientos y horrores sempiternos, no
añade a la realidad del dolor, sino el agravante de una duración indefinida "
De una u otra manera, aquí estoy, con mi infierno y gloria, luchando con denuedo
por sobresalir y vivir como un aprendiz de Médico si ustedes quieren, pero
consciente de que la fe no debe tener fronteras sino continuar por todos los
caminos, con obras porque sin ellas, es cosa muerta como dijo San Jaime. Esta fe
es la que nos hace continuar viviendo para honrarla y honrar también la fe de
los demás, la de mis amigos que viven tras los cerros de San José, violentamente
separados de la sociedad alienada; nobles amigos a quienes considero los
componentes básicos de una luz espiritual inalterable que esperan el momento de
remontarse a las regiones celestes como epílogo de una realización como eficaces
instrumentos al servicio del Creador.
Cuando iba a cruzar el arroyo para tomar la ribera poniente, sin pensar mucho
seguí de paso, no me desvié a mi acostumbrado escondite sino que tomé el camino
de la derecha, el que sube por el cerro y se pierde antes de una tupida
arboleda. Unas vacas huyeron asustadas por el ruido de la motocicleta,
seguramente ningún vehículo automotor había pasado por ahí antes, por lo agreste
del terreno no había una carretera adecuada y era imposible que un automóvil
subiera por esa cuesta, así que con el escape abierto y todo, subí . Fui
bordeando la arboleda que resultó ser un hermoso duraznal hasta plantarme frente
a la casa de Benedicto. Era extraño pero nadie salió a recibirme, el lugar
parecía solitario, la puerta del frente cerrada, más no sin candado .
Cuatro troncos delgados de pino "empotrados" mediante amplias muescas hechas a
formón y hachuela en dos gruesos postes de encino blanco que servían de portón
principal. Un trozo de
madera colocado en una hendidura rectangular
servía de " llave ", la levanté, empujé la pesada puerta y decidido caminé hacia
la casa siguiendo la vereda bien empedrada unos quince metros hacia arriba hasta
la entrada del hogar de mis amigos leprosos. Tenían a un lado de las dos gradas
que franqueaban la puerta, unas gladiolas de color púrpura, y siguiendo el
contorno de la casa, una gran cantidad de zempazuchitls de precioso color
amarillo y blanco moviéndose con la brisa; unas margaritas bajo la ventana y
parras de hierbabuena cerca del pozo. También había abundante “zacate limón”
disperso en varias partes del patio. A la derecha, recibiendo el sol del
poniente, varios membrillos en plena floración donde se oían zumbar las abejas;
la primavera con su cortejo de colores había pintado en el hogar del viejo Bene,
una exquisita obra de arte. Lo demás era el canto de la naturaleza. Al oriente y
hacia abajo sobre el caminito que desemboca en el arroyo, abrazando las piedras,
troncos y parte de la cerca de madera, estaba una extensa pipianera, florecida
también, formando un sonriente jardín con las delicadas flores de amarillo casi
anaranjado por efecto de los rayos del sol de la tarde; todo sonreía al suave
viento helado del norte. Cuando el frío arrecia en época invernal, todo se seca
y el paisaje se torna gris, triste como el tiempo mismo.
-¡Hola!, Buenos días... ¿hay alguien en casa ?- grité.
Silencio. Ni un ruido en el interior de la vivienda. Toqué puertas y ventanas,
atisbando por las rendijas y nada. De pronto, en un lugar dentro de la estancia,
alguien estornudó, oí risas contenidas, un murmullo y de nuevo el silencio.
-¡Caramba, sé bien que están ahí. Por favor no se escondan, se los suplico. Si
no me abren la puerta me voy a sentir muy ofendido. Deseo comprarles queso y
crema de la que ustedes hacen, además quiero tener el honor de conocerles y
platicar un poco. Posiblemente su padre les ha hablado de mí, ¡Vamos, no teman y
salgan por favor!
Lentamente se abrió la puerta principal. Era Benedicto cubriéndose la boca con
una toalla, miraba al suelo el viejano con resignación viendo que era inútil
resistirse puesto que yo estaba empecinado en conocer el resto de la familia. No
dijo mucho, solo extendió su mano para saludarme.
-¡ Mire que en verdá que si es ostinao usted, mi amigo! . ¿Que no entiende que
este mal es pasadizo?.Tarde o temprano se va a contagiar con ésta enfermedá, y
nosotros no queremos que uste se infete, ¡Es que le tenemos reteharto cariño
dotorcito !comprienda por favor.
-¡Déjese de tonterías, don Bene. Estoy vacunado contra el mismo diablo, a mi no
me ha de pasar nada!. ¿No será que se está haciendo el orgulloso conmigo y no
quiere presentarme a su familia?.
-Ta gueno pues. Usted gana. Pásele a lo barrido dotorcito, ésta es su casa,
humilde pero suya también. Pásele con confianza, iré por mi gente pa
presentarlas con su mercé.
-Vaya, gracias viejo, ya era tiempo porque se me estaban durmiendo los pies de
tanto estar aquí parado. Es posible que les venga a importunar, que mi visita
les cause inquietud y quizás hasta se avergüencen, pero les ruego que me tomen
por un hermano; y aunque no estoy enfermo como ustedes, estén seguros que llevo
en el alma otra dolencia más cruel aún y para la cual, la mejor y eficaz
medicina debe ser su amistad, Benedicto. No me prive del gusto de su compañía y
sobre todo de sentirme tan bien con su conversación que me ha enseñado muchas
cosas importantes. Ahora estoy en su casa, donde abunda el verdadero amor, lo
presiento, así que dejémonos de cosas y permítame pasar de una vez.
La estancia principal era muy amplia, todo de madera, hasta las duelas del piso
en el que se preocuparon de ensamblar tan bien las tablas de encino que parecía
hecho con tabiques fabricados por alguna máquina, no había bordes en las
junturas ni desniveles, luego aquel brillo y tersura, una obra digna de
alabarse.
-Esta casita la construí yo mesmo, ese piso de duelas que tanto mira, me costó
reteharto trabajo; no cuadraban bien las tablas y al resecarse con el tiempo, se
medio levantaban los bordes y como no tenía muncho que hacer, ya vé usted, hay
épocas en que el frío no lo deja a uno salir, me ponía con la garlopa y el nivel
a darle y darle. Cada vez que al patiar el suelo sentía un bordecito, ahi vá el
viejo de nuevo hasta dejarlo así. Después vino el sebo p´a que el agua no se le
filtre y eso jue todo. Es lo mesmo que hace el buen Dios con nosotros, medico,
la mesma cosa. Ahi está, pule que pule El Señor al bruto del hombre hasta
dejarlo lisito y listo p´a pasar por la puerta estrecha que comunica al reino de
los cielos, aunque déjeme decirle que hay algunos tan duros que ni la garlopa
del Señor les entra.
-No lo dice por mi, ¿Verdad?
¡No, que vá!. Sería incapaz de decirle algo así. Usté es entendido y bueno, yo
me refiero a otros que por no haberse cultivao se les endureció el alma y van,
como piedras haciendo trompezar a los otros.
Las paredes, un tronco de roble sosteniendo el techo, empotrado en el centro de
la sala, con la huella del tiempo y aquella superficie bien bruñida y barnizada
que daba gusto pasar la mano por encima de ella, era un adorno rústico en verdad
admirable. Me llenó de asombro y agrado la pulcritud, la limpieza y el orden en
cada una de las cositas ahí dispuestas. Claramente se notaba la presencia de la
buena mujer en una casa de pobres que nada envidiaría al palacete de un
millonario donde puede haber de todo en abundancia comprado con dinero, pero no
con las manos y el amor de un hombre que a pesar de su miseria física, tenía
muchísimo más. Brillaba en cada rincón el amor de una gentil esposa, de unas
hijas dedicadas con esmero al cuidado de su hogar. La mesa en el centro de la
sala estaba hecha con una enorme rodaja de árbol cortado transversalmente y
sostenida sobre el piso por cuatro trozos de ramas retorcidas de roble, todo
bien pulido y laqueado convenientemente. Gruesos troncos ahuecados a formón
servían de sillones, comodísimos y artísticamente dispuestos. Sobre una de las
paredes, cerca de la ventana, estaba un cuadro construido a mano con pequeñas
varas ensambladas con la misma técnica de superponerlas en muescas hechas en los
extremos. En el una tela bien estirada donde habían bordado unas palabras: ''
Solo Dios hace al hombre feliz ''.
En cada pared, una amplia ventana que dejaba ver el paisaje de la campiña, por
esa razón el interior de la vivienda estaba siempre, iluminado. Al fondo en la
esquina que da al poniente, colgada de una alcayata con una correa de cuero, una
guitarra, de esas simples, sin brillo, opacada por los años talvez, un viejo
instrumento hecho de una madera desconocida, desafinado y con huellas de haber
sido muy usado alguna vez pues en los trastes tenía marcados pequeños
hundimientos hechos al presionar constantemente las cuerdas. Tuve deseos de
pulsarla, es una curiosidad que tenemos los que tocamos un instrumento musical,
una cosquilla en los dedos a ver como suena, y como estaba en casa de amigos de
confianza, pedí permiso de descolgarla y afinarla debidamente.
-Ya le dije que esta casa es suya, médico. Pulse usté esa vieja tripuda que
perteneció a mi difunto hermano con toda confianza, no tenga cuidado, haga de
cuenta que es suya; me disculpa pero por ahí se me queda un momento mientras voy
a buscar a las mujeres .
Poco a poco fui templando las cuerdas, colocando la embocadura cerca de mi oído,
sorprendido por el sonido tan limpio y profundo, los tonos bajos impecables, tan
sonoros y vibrantes que hacían resonancia en mi pecho. El extraño aroma que
salía por la " boca" de la vieja guitarra me agradó mucho; posteriormente me
dijo Bene que así olía el "palo rosa" después de muchos años. Con algo de
ansiedad coloqué los dedos en la posición de mi mayor y comencé a tocar una
conocida melodía ranchera que aumentaba lo agradable del momento además de la
alegría que sentía al verme en aquel hermoso lugar; la música brotó con
brillantez llenando de gozo la estancia con la nitidez del sonido que emanaba
del instrumento e inspirado también por el candor, la sencillez de mis nuevos
amigos, y sobre todo la incomparable paz que se respiraba en su hogar. Después
de la primera melodía vino otra y otra; les toqué una canción que aprendí cuando
era apenas un niño, cuando mi madre la cantaba para arrullarme en una hamaca,
allá en aquel pueblito donde nací, al hacerlo, sentí que se llenó mi corazón con
la dulzura del recuerdo de mi madre lejana.
-¡A eso le llamo sentimiento! - gritó Bene entusiasmado. Lo felecito. ¡Qué
bonito se le oye!, ¡Quien sabe a cuantas muchachonas ha de haber conquistao con
esa música tan linda! ¡Cómo quisiera saber tocar así ! MMMM, ya me imagino las
serenatas que daría por todos laos.
-No es para tanto, viejo, no es para tanto, lo que pasa es que al tener en mis
manos una guitarra "de clase" como decimos los músicos, pues como que algo se
suelta dentro del pecho y brota el sonido endulzado con la miel de los buenos
sentimientos, los recuerdos lindos que todos llevamos y que en un momento como
este, salen acompañados de la luz del buen cariño y la esperanza de una vida
mejor. Además, me siento alegre y sumamente satisfecho de hallarme aquí, donde
siento amor del bueno, como dicen ustedes. Sé que en tu casita no recibiré jamás
ni agravios, engaños ni ese desdén con que siempre me tratan en otras partes.
Algo extraño ha sucedido en este día al entrar aquí, es como si de pronto
hubiese llegado a la casa del hermano querido, del hermano mayor como te
considero desde ahora con el debido respeto que te mereces. Ah, y perdona que te
trate con tanta familiaridad, ya una persona de tanta edad como tú hay que
tratarla de "usted" ¿No crees?.
-Pos si no estoy tan viejo, médico, ¡ Qué le pasa!, ya me hace usted un
carcamal. Pero esta bien, no se crea, estoy bromeando, es un honor que me hace,
y en cuanto a lo demásn, así, meramente que debe ser; le sabré decir que pos, yo
siento lo mesmo. Y mire, al fin aquí están, mi vieja y mis hijas. También hubo
un varón que por fortuna pa él se lo llevaron hace siete años, vive en el norte,
en Estados Unidos, ya ni se acuerda de nosotros, ¿Y pa qué?. Me pregunto, si
nosotros estamos como enterraos en vida.
-Temerosas y en silencio, mirándose cohibidas, salieron las muchachas; Matilde,
la mayor, seguramente muy hermosa en su juventud, con una sonrisa tan especial
que no he podido olvidar, con algo de humilde picardía que invitaba a pensar; de
hermoso cuerpo, cojeaba un poco, le faltaban dos dedos del pié izquierdo y tres
en el otro; sus orejas enrojecidas y parte del cartílago nasal atrofiado.
Después asomó Isabel, la menor. Blanca de ojos azules, claros como la tarde,
rubio su larguísimo cabello ondulado, sosteniendo una minúscula flor azul cerca
de la oreja donde tenía recogido dos hermosos bucles con un broche. De semblante
huraño y triste, me miraba con ternura e insistencia tomando del brazo a su
hermana. ¡Que mujer mas bella! - pensé- , realmente estaba impresionado. Es que
era tan linda en verdad, pese a las pequeñas manchas rojas en las manos y tras
las orejas, inútilmente disimuladas con alguna crema o talco. Belleza que me
movió a grandes aspiraciones, por lo natural que había en ella, sin artificios
vanos, duradera, firme, distinta. Pignotti dijo: " La beldad es algo celestial y
quien la mira siente un no sé qué de tierno y dulce que cual serpiente se
enrosca calladamente en su corazón; aviva los espíritus refinados y dulcifica
los sentidos, pero pronto languidece tan dulce transporte si la belleza es muda
y fría y de alma vacía ". Isabel, hija menor de mi humilde amigo, adoleciendo de
manera incipiente de la enfermedad de Hansen, es una de las mujeres más bonitas
que he visto en mi vida; su hermosura como dijo Cervantes, fuego apartado o
espada aguda, llegó a quemarme y a cortar en pedazos mi corazón porque desde el
primer momento en que la vi me sentí atraído hacia ella con tal fuerza que fue
difícil apartarle de mi mente. Simple y sencillamente, me enamoré de aquella
jovencita divina.
La madre, una mujer de unos cincuenta y cinco o sesenta años, daba la impresión
de unos diez más; completamente encanecida, perdida gran parte de la nariz,
nódulos en ambas orejas, pero conservando aún la nobleza de una dama de buen
vivir. Su ojo derecho, cubierto por una membrana blanquecina, apenas se movía al
parpadear; el otro, de un color verde claro tenía una extrema expresión de
ternura difícil de definir. Me habló en tono muy bajo acompañado de un ronco y
prolongado siseo.
-Ess para nosssotrosss un honor y nos da mucha alegría tenerle...en esssta
casssa. Nosss sssentimos felicesss al verle aqui compartiendo con gente humilde.
Perdone...me, pero me cuessta hablar, hágame el favor de sssentarse ..
-El honor es mío, señora y también estoy feliz de estar en su hogar tan bonito y
acogedor, sobre todo al sentir ese afecto tan especial de parte suya; pero,
¡Válgame Dios! casi me olvidaba, espere un momento, quiero entregarle un
obsequio que le traje. Esta medalla es para usted, es la Virgen de Guadalupe.
Estas toallas para las muchachas y una navaja para Bene.
Tomaron los sencillos presentes apretándolos contra su pecho y se retiraron,
agradeciéndome haberme acordado de ellas o algo por el estilo. Isabel comenzó a
servir los alimentos, comenzando naturalmente por su papá.
-Si quiere lavarse, médico, venga le enseñaré donde hacerlo.
Ella, tomando mi mano con gentileza me llevó hasta el pozo donde había agua y
jabón, era evidente que su solicitud obedecía ciegamente al mismo impulso que se
había despertado en mi; ¿Para que oponerse a ello? al contrario, era
incomparable aquella sensación de ternura tan exquisita emanando de tan linda
criatura que francamente, me dejé llevar dócil por esas inocentes veredas que
llevan al hombre a una esperanza.
-Creo que nunca me voy a olvidar de usted, doctor, porque me ha sucedido algo
extraño pero que se siente bien, usted comprende, es como una mezcla de alegría
y temor al mismo tiempo, como una desesperación; me entristece tan solo al
pensar que dentro de unos momentos ya no estará con nosotros, porque tiene que
irse ¿No es verdad?; seguramente usted tiene sus compromisos. Lo curioso es que
no quisiera dejar de verlo. ¡ Qué débil es este mi corazón que no se detuvo a
encontrarse con el suyo!, en cuanto le vi, salió corriendo como esos niños que
se alegran cuando llega el papá cargado de regalos ; sin reparo alguno quisiera
ser como uno de ellos y abrazarle fuertemente con mucho cariño, con esa
estimación que buenamente merece. ¿Sabía usted que este corazoncito ya no está
en mi pecho?, pos así es, ya no lo tengo porque está ahí, con el suyo,
arrimadito como un chiquillo friolento, y no quiero dejar de verlo nunca .
-Sucede lo mismo conmigo, Isabel, es como si de pronto hubiese encontrado lo que
tanto he buscado en la vida. Ahora, con un nuevo sol iluminando por dentro en
este tu corazón porque de ahora en adelante es tuyo, estoy seguro de que volveré
y pronto, porque tú eres ahora, una estrella más en mi camino. Ah, casi se me
olvidaba, en la caja de cartón que está sobre la mesa de la sala, hay varios
tratamientos para la enfermedad que padecen, son las medicinas que deberían de
haber tomado desde hace tiempo, con ellas te curarás completamente y detendrán
el mal en tu familia, no lo dudes. Quiero que lo tomes diariamente lo mismo que
tus padres y hermana. Tienes que curarte, debes hacerlo por favor y no
resignarte a sufrir algo que aún se puede evitar. Te prometo que lucharé con
todas mis fuerzas por verte sana, libre de eso que te hace sentir que ya no
sirves, que debes relegarte al rincón como lo hacen muchos que padecen de esta
dolencia. Dios estará conmigo en esta lucha, lo sé.
-Ahora que lo hemos encontrado, también ha renacido una esperanza, una ilusión
nueva y tan hermosa que estoy desesperada por verme distinta, sin estas lacras
en la piel. Estoy segura de eso, ha renacido tanta fe en mi alma que nadie
podría imaginar; por eso, no se preocupe que tomaremos la medicina que nos
trajo.
Cuando nos sentamos a la mesa, todos estaban callados, un extraño silencio
flotaba sobre nosotros como una densa niebla de amarguras, temores inconfesables
o cohibición. Noté que tomaban sus alimentos con pena, algo había cambiado en el
ambiente y eso me hacía sentir cierta incomodidad, era como si una pared fuera
tomando forma paulatinamente impidiéndome convivir como debe de ser aquel
momento con mis queridos amigos. Comprendí que tal perturbación del ánimo
obedecía a su condición de enfermos frente a alguien que en apariencia estaba
sano. Me levanté de mi asiento y sin mas, acercándome a cada una, les di un beso
en la frente.
-Ustedes, son mi familia, -les dije suavemente-. No tienen por qué sentirse mal.
Si dentro de sus corazones hay alegría, yo estaré feliz también; y si hay
tristeza, no habrá luz en el cielo que me quite la sombra de amargura, porque
desde ahora que les he conocido, sus dolores también son los míos, les ruego que
comprendan estas palabras y si en verdad me estiman, dejen de poner esas caritas
tristes, ¡Vamos!, si de veras nos sentimos contentos, demostrémoslo con
sonrisas. Quiero llevar en el pensamiento una imagen de felicidad de ustedes y
no la tristura con la que han vivido todos estos años pasados.
Al momento todo cambió. La casa se llenó de risas y palabras de aliento, fue uno
de los momentos más agradables que haya pasado en mucho tiempo.
-La cena estuvo de primera, las felicito, son las mejores cocineras del mundo
conocido, sobre todo la que preparó la carne y la salsa; no les estoy mintiendo,
si hasta repetí y siento que esta pobre barriguita ya no puede más. Ahora, creo
que conviene un poco de ejercicio; iré un rato al arroyo a pescar y a caminar,
volveré mas tarde, ¿Les parece? . Vamos Bene, acompáñame, trae tus cosas y a ver
si cogemos algunas truchitas.
Isabel bajó la cabeza, estaba viéndome a los ojos desde hacía un buen rato y al
parecer la descubrí con sus pensamientos a flor de piel como dicen, porque
estaba ruborizada al máximo, apretando el mango de la cuchara sobre la mesa,
mirando al suelo, con una sonrisa suave dibujada en aquella linda y virginal
carita. El viejo se levantó, había notado la turbación de su hija con esos ojos
sabios de un padre que conoce los sentimientos de sus hijos hasta el fondo de su
alma. Se incorporó, cogió el morral, la ceba y los anzuelos con cierta
parsimonia, sus pensamientos estaban fijos en algo profundo; luego, mirando a
Isabel le dijo:
-No me había fijao que mi niña, es ya una mujer. ¡Que feliz me siento de saberlo
! De veras, hija, me da gusto que dentro de su corazoncito haya brotao la luz de
la esperanza y el amor. La esperanza, el amor y la pacencia lo curan todo, mija,
procure que de ahora en adelante, eso sea su almohadita fresca, reclínese en
ella que Dios Nuestro Señor, hará el resto.
Aprendí en ese momento que debemos de tener una fe ciega en Nuestro Padre
Celestial, no abandonarnos a pensamientos y decisiones sino aceptar de una
manera tácita la suprema voluntad. No se por qué, en ese mismo instante me
vinieron a la mente aquellas palabras del Dante, cuando acompañado de Virgilio
penetraban en un círculo del infierno: ''Lasciate ogni speranza, voi ch´ entrate
!. ( Dejad toda esperanza, vosotros que entráis !). Sentí un leve escalofrío de
solo pensar que jamás entraría en aquella hermosa mujer que había cautivado mi
vida por entero haciendo que de nuevo brillara un sol interior, dando a mi
existencia un motivo para continuarla y llenando con su maravillosa compañía
todos los vacíos que la soledad había dejado.
Rodeando el cerro, tomamos un atajo hacia el sur y salimos como dos kilómetros
mas adelante de la cueva del arriero, platicamos de todo, y sin notarlo se nos
fue el tiempo. Estuvimos tan ensimismados en conversar, que no pescamos,
simplemente regresamos cuando vimos que entrada la tarde se empezaban a
obscurecer las cosas. Caminábamos en silencio, él iba delante, de regreso a
casa. De pronto se detuvo y con el semblante ensombrecido por la preocupación me
dijo que su esposa moriría pronto, que un condenao cáncer o como chingados le
decían a esa enfermedá incurable le minaba el cerebro y se lo iba "ruñendo" poco
a poco. - Pronto se nos irá al descanso eterno - dijo - y pude ver el dolor del
hombre apretar con fuerza su corazón al dejar que rodaran por las mejillas
algunas gruesas lágrimas. Quise ayudarle, pero ¿Cómo?. Nadie mas que Dios puede
entrar en el alma de los que sufren para amainar la pena. Guardé silencio y
solamente extendí la mano sobre su espalda para darle ánimo.
De nuevo en casa nos acomodamos cerca de la estufa a beber un delicioso café.
Seguimos platicando de muchas cosas sin importancia; por momentos me sumergía en
el silencio, pensando en las últimas palabras de Bene; quizá por la situación en
que yo vivía, se me hacía imposible que hubiesen personas que se amaran tanto,
sobre todo esa inmensa seguridad de volverse a ver después de la muerte; les
puedo decir que hasta cierto punto sentí envidia del hombre, mis sentimientos
aún no depurados por el sufrimiento verdadero no alcanzaban a comprender la
grandeza del amor. La bebida caliente disipó la cavilación del momento y también
que algo extraño y agradable estaba sucediendo, una dulce mirada hacía su nido
en mi alma con tal intensidad que podía sentirla y gozarme con ello hasta el
grado de preguntarme ¿Por qué no te conocí antes, Isabel, si contigo mi mundo
hubiese sido mejor, de más provecho para quienes me rodearan?.He comprendido que
Dios nos pone a nuestro lado a aquellas personas que, como nosotros, necesitan
de ayuda, de comprensión y sobre todo de la instrucción necesaria para que
alcancen a cumplir su misión; pero es difícil, creemos que somos los que debemos
de recibir y no dar a quienes en verdad no tienen. Al mirar las cosas así, pensé
que era un hombre afortunado, sin poder evitar las oleadas del generoso amor que
emanaba de la hija de mi amigo. Fue una de las veladas más conmovedoras y
agradables, nos reímos olvidándonos de todo y reafirmamos un honorable
sentimiento.
-¡ Este día sí que hemos gozado de verdad, tanto tiempo que no nos divertíamos
así! .
-Magnífico, así debe de ser, pero nos hace falta algo para que termine mejor la
cosa.¡ Permítame la guitarra que vamos a cantar! .
Después de afinar nuevamente, toqué unas melodías que eran las preferidas de mi
padre, lo hacía porque en ellos siempre encontré la fuente de una inspiración a
las cosas buenas de la vida. Luego, vinieron otras y otras; las muchachas pedían
sus canciones favoritas, la mayoría rancheras, música que evocaba recuerdos
gratos de la infancia apartándoles del presente cruel y amargo. De pronto,
Benedicto se levantó de donde estaba sentado y decidido pidió una melodía que
según él, la traiba en el filo de la garganta queriendo salir.
- Mire amigo, no es que sepa cantar ni mucho menos, pero si los insetos y los
pájaros lo hacen, ¿Por qué no hacerlo yó?. Además, ni modo que me quede silencio
viendo como todos se ponen felices cantando y yo, ¿por que nó, como le digo
?Esta es una cancioncita que mi hija Chabe cantaba cuando niña, va así:
Su ronca voz estremecía el alma, era la conjunción de cientos de miles de
silencios transformados en la dicha espontánea de un humilde, de un varón como
pocos externando un espíritu elevado en la simplicidad, algo como una plegaria
con música del corazón ..
'' Han brotao otra vez los rosales
junto al muro del viejo jardin ,
donde mi alma te dió un juramento ,
amor de un momento
que toca a su fin ..
Mas los años, al pasar
me hicieron comprender
la triste realidad,
que tan solo era ilusión,
el amarnos de verdad ..
No pudo concluir el hombre su canto porque en ese momento, ambas muchachas se
retiraron con rapidez, iban sollozando inexplicablemente.
-¡ Que mala suerte la mía! -dijo Bene. Resulta que nunca puedo terminar esta
canción, hombre, si no es una cosa es otra, pero no le hace, lo que sea de cada
quien, usted nos ha tráido tanta, pero tanta alegría que hasta parece que duele
por dentro, esto ha sido como una fiesta pa nosotros..
-Haga el favor de perdonarnos, doctor - dijo Isabel - , es que es tan lindo todo
esto que hasta nos parece que estamos soñando, ¡imagínese, mi padre cantando!,
después de casi diecisiete años.
¿No cré que es pa chillar del gusto?. Si lloramos es de contentura, no vaya a
pensar otra cosa, es que nosotros los rancheros somos así. Muchas gracias,
médico, que Dios le dará mucho más en esta vida, porque usted se merece lo
mejor.
Eran como las nueve de la noche cuando me retiré de la casa de Isabel. Iba
cantando bajo la luz de la luna en medio del frío nocturno que en ese tiempo no
era muy intenso y se podía ir sin mucho reparo, me sentí muy feliz al saberme
reconfortado al máximo con el calor de una nueva fuente de luz, la de unos ojos
hermosos de mirar tierno y arrobador: los ojitos verde claros de Isabel. Pero ¿
Por qué todo esto?, si yo tenía una compañera que supuestamente debía de llenar
todos los requisitos necesarios para estar agradecido de la vida, tener en ella
todas las cosas que uno ve en otras mujeres, con un precioso muchachito además;
en cambio, no era así, la realidad era otra, todo era distinto en mi hogar, la
sonrisa no existía y un ambiente pesado de falsedad se respiraba haciendo
lúgubre el paso de los días. ¿ Sería esa la razón de esta sed de cariño en otra
parte?. La respuesta llegaba una y otra vez a la mente en imágenes sucesivas.
Aparecía mi esposa con su gesto habitual y sarcástico, recriminatorio, cargado
de celos e incomprensión, y yo siempre de huida, desesperado. Sin descartar la
inmadurez, cosa que no se puede soslayar, aquello era un caos, puesto que no
había podido encontrar la fórmula de la convivencia, la paz, el amor genuino en
el matrimonio, porque de una u otra manera es el hombre quien debe regular o
moderar estas cosas en su hogar. En esos momentos, sabía que estaba cometiendo
un error, pero, sencillamente no podía evitarlo. Si mi mujer tiene esos defectos
de carácter y conducta, lo justo es ayudarle, tratar de limar tales asperezas
con sabiduría y amor; pero, ahí estaba el problema, en ninguna forma, como dice
la gente,''le hallaba modo a la cosa'', de la manera en que actuara, siempre
encontraba la misma reticencia y grosería. Imaginaba que estaba arrepentida de
haberse unido a mí y se desquitaba en esta cruel manera. Andaba a la caza
constante de situaciones que me molestaran aprovechándolas al máximo, por
ejemplo, al ver como amaba entrañablemente al niño, lo utilizaba como un arma
para zaherir, para golpear donde más dolía; y, sabiendo que el pobre sufría
también, pues no son mas que traumatismos sicológicos que dañan profundamente y
trastornan la conducta presente y futura de los hijos, optaba mejor por
retirarme cuanto más podía de aquella situación tan desequilibrada como nociva.
-¡ Divúrciense!- me aconsejó el suegro en una ocasión. Cuando no se puede
convivir con una vieja, pos pa eso estan las leyes. Divúrciese y se acabó el
cuento. Se nota a leguas que la muchacha no le tiene ley, ella no lo quiere, en
cambio ahí están, chingándose la vida el uno al otro como si fuera un
compromiso. No, no mi amigo, ansina no debe ser la cosa; hay que pensar, usar el
celebro p´a irse por un lao de la vida a ver desde otro lugar, porque de
lejecitos se miran los yerros mejor y si se corrigen, pos de seguro que las
cosas van a mejorar; de lo contrario, es mas que buena la separación; usté por
un camino y ella por otro, no es bueno seguir así porque le están haciendo daño
al escluincle que por cierto está reteguapo el condenao, por ahi dicen que se
parece mucho a su abuelo, -modestia aparte-, y yá párele, no es pá que me esté
mirando ansina, la verdá es la verdá.
Eso de divorciarse, tampoco podía hacerlo, como que me faltaba valor porque
interiormente la amaba y esperaba que en alguna forma entendiera y cambiara de
actitud, tenía la esperanza de vernos en mejores condiciones, luchando juntos,
ayudándonos a progresar en esta vida cual debe de ser. No podía distinguir la
realidad, no eran más que las torpes e infantiles ilusiones de un hombre que
quizá nunca se da cuenta de que son otras las circunstancias que mueven el
corazón de una mujer empujándole a actuar de la manera que mi mujer lo hacía,
¿arrepentimiento, frustración, impreparación para solidarizarse debidamente?,
quien sabe.
Sin poder encontrar una solución adecuada a mi problema, y endulzada el alma con
la esperanza de Isabel, continué frecuentando a mis amigos leprosos volviéndose
cada vez más querido el lugar, esa gente tan especial, rebosante de finura y
atenciones, me hicieron creer que era un hombre de gran valor, y muy útil
además. Había encontrado una razón suficiente para olvidar la molesta y
cotidiana tristeza substituyéndola con la lejana esperanza de un amor, a lo
mejor imposible, pero que era, indudablemente un remanso de paz en medio del
huracanado remolino de desesperación en que vivía. Añoraba con vehemencia la
sabiduría de mi Padre ausente, el consejo de los buenos amigos de la juventud,
todo eso que fue una vez agua fresca calmando la sed y el apoyo espiritual del
lugar donde nací; porque en estos lugares, lo que menos hay son amigos
verdaderos, el egoísmo que mora en cada casucha humeante es el más virulento que
he conocido, no hay compasión ni solidaridad; la divisa de esta gente es " cada
quien p´a su santo" con lo que advierten su ausencia de amor al prójimo. Lo que
te pase, a mi no me importa y se acabó. El recelo y las tradiciones o costumbres
que han ido arrastrando desde la antiguedad confortados por las religiones
subyugantes, hacen pensar mal de ésta población. Yo, era un extranjero, un
"juereño" que hablaba estraño, alguien sin voz ni voto y para variar...........
pobre.
¿Cuanto dinero podría ganar un médico en un lugar como éste?. Lo necesario para
sobrevivir. La consulta clínica rural deja muchas ganancias en todos los
sentidos, y confiando en la seguridad de subsistir decorosamente dondequiera,
dejaba pasar el tiempo en espera de mejores situaciones y oportunidades. Por esa
razón me la pasaba sin mirar mas allá del oscuro horizonte de pinos, un
conformismo sombrío había aniquilado entonces mis deseos de volar sobre la
sierra y buscar otra forma de vida, ¿Era algo más? No lo comprendía, pero sabía
que tenía que permanecer ahí un tiempo más. Es en estos momentos de nuestra
alocada juventud cuando necesitamos de una voz fuerte llamándonos a la lucha por
una mejor forma de subsistir, voz que nunca llegó a mis oídos enclavándome más y
mas en aquel sitio.
Un Sábado al llegar a casa de Bene, cargando una bolsa con frutas y medicinas,
encontré el lugar muy silencioso, cerrada la puerta con un enorme candado, sin
humo la chimenea, los animalitos domésticos ausentes también, no lo podía creer
pero se habían ido.
Hube de sentarme en una de las gradas cerca de las dalias, resecas ya, tratando
de comprender la razón de aquella partida sin previo aviso o despedida. Me
costaba creer tanta falta de atención cuando mi cariño era verdadero, sano,
sincero como el que más. ¿Que habrá sucedido? - me preguntaba con insistencia-.
La respuesta se encontraba en el duraznero cuya rama principal rozaba la ventana
del dormitorio de Isabel, ahí, colgando de un listoncito de seda, una carta. La
tomé cuidadosamente y procedí a abrirla para leer lo siguiente:
Querido Doctor :
Todo lo bueno se acaba. En ésta ocasión parece que así es la cosa, siento que
todo se ha terminado para mí.
Mamá murió hace cinco días, dejó gratos recuerdos para usted y su bendición que
va también en ésta carta; porque una cosa así solo puede ir en medio de amor; y,
eso es lo que tiene de más esta carta, el inmenso amor que siento por usted. Un
incomparable cariño que jamás podré olvidar.
Nos ha sido muy difícil permanecer por más tiempo en esta casa; nos vamos a San
Martín de los Lobos, en ese escondido lugar, tenemos otra casita que perteneció
a mi tío Nicanor. No se preocupe que llevamos reteharta medecina y también esa
nueva fe, esa esperanza tan hermosa que usted buenamente nos fue metiendo en el
corazón. Sí que me da tristeza, no puedo contener mis lágrimas, doctor, porque
estoy convencida de que cometo falta al quererlo así como lo quero; pues, pa
bien o pa mal, usted, es ajeno .
No vaya a pensar que soy una desvergonzada pero dende aquel día, cuando besó mi
frente, lo empecé a querer, pero a la buena y tanto, que lo sueño todititas las
noches.¡Cómo quisiera que me estechara entre sus brazos en este momento!, le
juro que no me iría sino que me quedaría junto a usted pasara lo que pasara...
¿Cómo lo podría olvidar?. Nunca, médico, ¡ nunca !. Por eso le pido al Señor que
lo haga feliz algún día. Un varón como su persona, merece serlo. Tenga por
seguro que lo será porque a mí, modestia aparte, Diosito me escucha cuando le
pido algo, y mejor aquí le corto, soy muy llorona y no puedo continuar
escribiendo esta carta .
Mi papá, puso su fotografía en un marco que hizo y donde quiera que va, lo
lleva, ahí lo anda jalando como cuando se jué mi hermano pa los Estados Unidos
que ponía enfrente su retrato y se le quedaba viendo por largo rato. El lo quere
mucho, y al verme haciendo esta cartita pa usted, me dijo que le pusiera asi: "
Benedicto le manda un abrazo de hermano, no se olvide de mi y de aquellas
palabriadas en la cueva del arriero " .
Bueno , me despido de una vez, diciéndole que lo llevo en el alma p´a toda la
vida. Si quere buscarnos, mejor no lo haga porque entonces, sí que vamos a
sufrir mucho más los dos. Ah, casi se me olvidaba, busque bajo la puerta de la
cocina, le dejo un pañuelito que con mucho cariño bordé para que lo conserve, es
poca cosa, pero es en estas cositas donde una mujer como yo, esconde los
sentimientos mas grandes para un hombre de su calidad. No habrá noche ni tardes
como las que hemos pasado, solo los sueños de una muchacha campesina que sé
enamoró de un imposible. Siempre lo he sabido, pero es hermoso recordarme de
usted, sus manos tan especiales pa sacarle dulzuras a la guitarra, sus ojos que
dicen mucho y esa risa suya que no puedo borrarla de mi mente. Aunque no lo vea,
estaré siempre con usted.
Adios.
Isabel
Busqué en el sitio indicado y ciertamente ahí estaba el pañuelo blanco de bordes
celestes bordado primorosamente con sus rubios cabellos; en una esquina mi
nombre seguido de un corazón, una flor y luego "Isabel ". Lo guardé
cuidadosamente, di la vuelta, mirando los celajes, para hacer desaparecer de mi
garganta el molesto "estorbo " que se me había formado pero fue en vano. Algo se
rompió dentro del pecho y sin poder contenerme, lloré. ¿Por la partida de mis
queridos amigos, o por sentirme de nuevo atrapado con crueldad por la garra de
la soledad?. ¿Será que Dios como padre muestra su crueldad a determinados hijos
con el fin de prepararlos adecuadamente para que funcionen mejor, algo así como
el fuego al acero? no sé, el caso es que en esos momentos de gran sufrimiento no
encontraba explicación a lo que me sucedía.
Bajé hasta el arroyo, en silencio, preocupado al máximo por aquel acontecimiento
triste que había opacado mi vida, y a diferencia de otros días felices, me
molestó el ruido del agua, el canto de los pájaros, la brisa helada, vi la
entrada de la cueva y no tuve valor de entrar; mi lugar preferido, era hoy un
sitio más, sin nada especial en él. Extraje del cinto mi arma y comencé a
disparar, a las rocas, en el agua, a las nubes, gritando como enloquecido por un
dolor íntimo, ¡ NO ES JUSTO, NO ES JUSTO ! . El eco de los disparos se repetía
una y otra vez en la sierra. Varias truchas jugueteaban en el agua cristalina,
un grupo de codornices espiaban temerosas tras el zacatal y una larga fila de
hormigas llevaban a cuestas trocitos de hoja de algún árbol; era el tiempo de
las fresas silvestres, tiempo de regresar sobre mis huellas en busca de otro
destino.
Antes de subir a la motocicleta, de regreso a casa después de haber pasado por
mi garganta un grueso trago de ardiente mezcal, grité hacia la vacía casa de
Bene. ¡ TE BUSCARÉ, TENGO QUE VERTE UNA VEZ MAS, NO QUIERO SEGUIR VIVIENDO SIN
TÍ!
Fragmento del libro LEPRA
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